domingo, 16 de diciembre de 2012

Navidades Antiguas (Crónica de una raclette)


La Navidad es como el Marmite, ese extracto de levadura espeso como la miel y oscuro como la brea, que los ingleses usan para dar un toque final a los sandwiches. El eslogan histórico de este producto es: Hate it or love it.




Aunque todavía es pronto y él siempre ha pensando que hasta que no le toca el Gordo a alguien no empieza oficialmente la fiesta, ayer el Milodón adornó con motivos navideños su casa. Es una casa muy, muy, pequeña, así que una vela roja, una blanca, una estrella dorada posada sobre una discreta peana, una ristra de luces parpadeantes enroscada en la balda de una estantería y una campanilla con cabeza de Papá Noel (total: 5,50 euros en un bazar chino) fueron más que suficientes para crear un ambiente epifánico en su hogar.

No es difícil empatizar con los christmas haters. Todos los argumentos en contra de la celebración de estas fechas están tan manidos como la anécdota de que el uniforme rojo de Papá Noel lo inventó la Coca Cola y son tan evidentes como la homosexualidad latente de la que hace gala cada año Raphael en su especial de Nochebuena. 
Hay sin embargo, mil cosas que deprimen al Milodón muchísimo más que la Navidad:

- Una tarde desperdiciada frente al Facebook > el escaparate de egos puede ser tan edificante como crispante.
- El Faborit de la calle Alcalá > hay máquinas expendoras de aeropuerto más acogedoras que esta cafetería. 
- Los mimos de la Calle Postas > esos hombres y mujeres jugando a parar el reloj se convierten en una metáfora insportable de lo horrible que puede ser el paso del tiempo.
- El Enjabonarte de la Calle Mayor > los olores agresivos y sintéticos de unas pastillas de jabón que elaboran con vaya a saber usted qué son una prueba de resistencia para cualquier estómago.
- El twitter de Mariano Rajoy > "Unas cuentas públicas insostenibles, el peor ataque al Estado de bienestar. Reformas y control del déficit para crecer", es solo una de las muchas perlas que se pueden encontrar en él. 
- El self service del Riofrío > una fideuá que recuerda al moco ectoplásmico de Los Cazafantasmas en un espacio que evoca al comedor del Crucero del Amor.
- La sección de souvenirs de El Corte Inglés > una colección de regalitos inspirados en los grandes símbolos patrios que compite en mal gusto con la pinta de Sergio Ramos.
- La chocolatería Valor > ¿Una churrería que se autodefine como "un punto de encuentro entre tradición y vanguardia"? Eso sí que es tener valor.

Aunque si hay algo que de verdad le parece deprimente al Milodón es el ambiente patibulario que se respira estos días en las empresas españolas, donde los trabajadores se siente partícipes de una gigante ruleta rusa, en la que nadie sabe quién será el siguiente. La reforma laboral y la deriva económica del país han conseguido dar un nuevo y mucho más extenso significado a la palabra precariedad. 

Es cierto que a esta situación terrible, estresante, inhumana, nos ha llevado los abusos del capitalismo y de una sociedad avasallada por un pillaje feroz. Y nadie puede negar que la Navidad es un tiempo para la celebración definitiva de uno de los rituales capitalistas por excelencia: el consumo desaforado. 
Así que el Milodón no pretende convenceros de sus motivos para situarse en el bando christmas lover

Pero es que la sensación de alivio que le produce saber que en las largas -frias y muy oscuras- noches de finales de diciembre hay personas que encienden luces cálidas en sus casas con una excusa común, es casi atávica. Judeocristiana y americanizante. Hortera y elevada. Trascendente a la vez que vulgar. Inexplicable pero placenterísima.

Ayer mismo el Milodón tuvo esa sensación. Salió pronto por la mañana hacia el Mercado de Chamberí, en busca de una tienda de encurtidos donde hacerse con una buena provisión de cornichons y en el camino encontró una charcutería donde venden auténtico pastrami al estilo neoyorquino. Además de este embutido de carne de ternera en salmuera, también compró salchichón, salami y cecina. Por la tarde coció tres quilos de patatas y separó con sus propias manos treinta lonchas gordas de queso del cantón de Valais. Y a las diez de la noche, seis personas se reunían en torno a una paupérrima mesa Lack (6 euros en Ikea), ampliada de forma chapucera con una plancha de aglomerado y camuflada alegremente bajo un mantel de Portugal, para fundir el queso en cuestión sobre una plancha ardiendo, después extenderlo sobre las patatas cocidas y finalmente acompañarlo todo con la charcutera/pepinillera guarnición. Había también, por cierto, un vino buenísimo.



Una de las invitadas, francesa (preciosa) y propietaria de la plancha, explicó que la Raclette, que así se llama el plato del que estaban dando buenísima cuenta, era más que una comida un ritual. Y justo cuando ella dijo, mientras los demás comían a dos carrillos: "Esto es lo típico que se hace después de una jornada de esquí en los Alpes", el Milodón se imaginó que en lugar de en su diminuto apartamento en un barrio de Madrid estaban en una cabaña como aquella del vídeo de Wham!. Y se le encendió el corazón, como a ET cuando vuelve a la vida después de haber estado horas moribundo en el río.
Todo clásicos navideños.




Mientras unos contaban que en su empresa hace tres meses que no cobran y otros relataban situaciones similares vividas por personas cercanas, el Milodón le daba vuelta y vuelta a un disco de villancicos que compró durante sus primeras navidades en Madrid. Es un disco de los años sesenta cantado por niños de voz punzante y antigua, con mucha zamboma y campanilla, que retrotrae a la España de pobres de solemnidad y rifas solidarias de las películas de antes. Una España que parecía superada, pero hacia la que nos dirigimos de nuevo, cuesta abajo y sin freno.

Entonces se apoderó del plantígrado antediluviano un sentimiento de culpa terrible, tan católico y atávico como su gusto por la Navidad, y una sensación de impotencia horrorosa, tan desazonadora y deprimente como una tarde frente al Facebook. Y se puso a comer pastrami, queso fundido y patatas como un loco.






martes, 4 de diciembre de 2012

Feliz Cumpleaños, Santirulo (Compraos Los Millones y Los Huerfanitos)





El cuñado del Milodón, que es un garajero de pro y un avezado coleccionista de vinilos, frecuentaba cuando vivía en Madrid unas cuantas tiendas de discos, aunque siempre dice que entre sus favoritas se encontraba Rock and Roll Circus, porque Joaquín, el dueño, era un tío muy majo que le trataba muy bien. 

Siempre cuenta el cuñaaaao que Joaquín le dijo un día: "Oye, si eres muy fan de una banda, intenta no intimar con sus miembros jamás, porque la mayoría de los músicos son gilipollas". No entraremos a discutir si esta versión fuzz de no-conozcas-nunca-a-tus-ídolos-porque-te-decepcionarán es acertada o no. Lo que sí os repetirá el Milodón (porque ya os lo ha dicho otras veces) es que no ve la necesidad de disculparse por ser un mitómano incorregible, y sentir la necesidad irrefrenable de conocer de cerca, si le presenta la ocasión, a las personas que admira mucho.

El Milodón vivió en Londres una temporada de su vida, que coincidió con el tiempo en que Madonna estaba casada con Guy Ritchie y llevaba una plácida vida familiar, con sus hijos y sus maridito, en alguna casa carísima de Marylebone.
De chiquillo, el plantígrado era muy muy muy fan de la Ambición Rubia, hasta tal punto que lo último que veía por la noches antes de apagar la luz era la cara de la señora de Michigan mirándole fijamente, con los ojos casi ocultos bajo una gorra de cuero negro y las tetas cuajaditas de cadenas y abalorios, desde un gigantesco poster de Like a Prayer
Por eso, cuando muchos años después se asomaba a la ventana de la cocina de su domicilio londinese, y veía los tejados de las terrace houses del barrio perderse en el horizonte hasta toparse con el rascacielos Center Point y la torre de British Telecommunications, se sentía reconfortado y menos solo, pensando: "Allá detrás, a lo lejos, debe de andar Maddie preparándose un te calentito a la vera de Guy". 
El plantígrado tenía siempre muy presente que otros muchos santos de su intensísima devoción vivían en Londres (de los Beatles vivos a Ray Davies) pero solo pensar en Madonna le hacía volver al confort, la seguridad y la calma de la infancia. 





Cuando Guy Ritchie y Madonna se divorciaron, el Milodón ya vivía en Madrid. Y el confort que le producía la idea de aquella pareja feliz ya había sido sustituído por el afecto de algunos nuevos amigos, que le enseñaban cosas muy bonitas. 
Entre esos amigos estaba un peludo ser, el Tapir Nicanor, que un buen día le dijo al plantígrado: "Creo que mi amigo Santi y tú os podríais caer muy bien. Esta tarde está firmando ejemplares de su primera novela en la Feria del Libro. Si vienes conmigo te lo presento". 
Y el Milodón, que ya había oído hablar maravillas de la obra del tal Santi, un director de cine metido a escritor (o al revés) que había filmado/firmado Mamá es Boba, la mejor película española de los últimos veinte años (te jodes, Almodóvar), allá que se fue. 
Se volvió con un ejemplar de aquella primera novela y un encuentro personal con su autor, que no fue más allá de un amable "Hola, qué tal". En la contraportada del libro recién adquirido se leía algo parecido a esto: Madrid. 1986. A un miembro de Los Grapo le tocan 20 millones de pesetas en la lotería y no los puede cobrar porque no tiene carnet de identidad.



El Milodón terminó de leer Los Millones, de Santiago Lorenzo, en un tren que le traía de vuelta desde unas dulcisísimas vacaciones en la costa gallega hasta ese murmullo en el medio del desierto que es Madrid en verano. Entre la estación de Vigo y la de Chamartín, metido en un destartalado vagón del Talgo, el plantígrado pasó uno de los mejores ratos de su vida leyendo las aventuras de Francisco, un terrorista accidental con alma de boyscout que, sin saber muy bien por qué, había acabado entregando su vida a una organización cuyos ideales no estaba seguro de compartir, pero que le proporcionaba la excusa perfecta para tirar adelante con una vida paupérrima en un piso medio en ruinas en el barrio de La Ventilla. Apañándoselas para sobrevivir, Francisco desplegaba todos los días un ingenio desarmante, que al Milodón le hizo reír y llorar como nunca en su vida. 
Los Millones es una novela existencialista, pero con acción y amor a raudales, que se presenta disfrazada de indefensa cosita pulp. Aunque en realidad, todas las cosas buenas que quiera decir de ella el plantígrado antediluviano ya las han dicho antes mucho mejor
o

La cosa es que el plantígrado regresó a la capital con una idea fija: quería decirle a aquel tipo que le habían presentado en una caseta de la Feria del Libro de Madrid, que su novela le había parecido una auténtica obra maestra. Llevado por su furor mitómano, le pidió al Tapir Nicanor que le diese su correo electrónico y le mandó un email que a cualquier otra persona le hubiese parecido propio de un acosador con trazas de esquizofrenia, pero que Santi recibió con una amabilidad (no siempre es fácil ser amable con los pesados), un tacto (no siempre es fácil manejar a desconocidos) y un cariño (no siempre es fácil transmitir calor auténtico en un agradecimiento) que al Milodón le dejaron patidifuso. 

Be careful, San

Con el tiempo, se hicieron amigos. 
Y Santi le concedió al bicho que firma esto el privilegio de disfrutar en sesiones privadas de su raro sentido del humor, de sus ocurrencias imposibles, de su discurso amenísimo y de otros mil matices de caracter que le hacen un persona excepcionalísima. Unas horas con Santi son un festival de pasmos delirantes, una rave sin fin que me río yo del Esparrago Rock, del FIB o de un concierto de la mismísima Madonna. 

Santi Lorenzo ya no vive en Madrid. 
Esto que viene a continuación lo dice el narrador omnisciente de Los Millones, pero le da al plantígrado antediluviano en la nariz que el autor piensa lo mismo y que algo debió de tener que ver con su huída al campo:
"Madrid no era ciudad para lo que estaba pasando. Aquí no pegaba nada que nadie estuviera danzando en torno a todo este mejunje grotesco de espionajes de pacotilla. En Madrid todo lo apolíneo se ajaba en banalidades: la ópera se había diluido en zarzuela, el clavecín en organillo, la repostería en churros." 

Ahora, cuando el Milodón mira por los ventanales de su apartamento hacia las casas de balcones de su barrio, que se pierden en el horizonte hasta encontrarse con el Edificio España, no puede evitar sentir algo de pena al acordarse de que Santi ya no estará flaneando por las calles de la ciudad ni preparándose un te calentito en su casa del centro.



La última vez que se vieron, él había venido a la capital porque la Filmoteca Española le iba a rendir un homenaje y se presentaba un libro que hacía un repaso a todos sus talentos (películas, cortos, fanzines, obras de teatro, maquetas y libros). Al día siguiente de los festejos se sentaron en torno a una mesa del bar El Tren de Argüelles, donde se echaron unas buenas risas leyendo la amplia carta de cócteles (que él hace tiempo que no bebe) y contemplando la decoración del lugar, que con sus subidas y bajadas, sus barandillas de hierro forjado y sus luces ténues, aquí y allá, intenta reproducir -con éxito- el interior de un vagón o los andenes de una estación. Ente los muchísimos saberes que atesora Santi está un conocimiento enciclopédico sobre trenes, así que podía decir de memoria el nombre de todas las máquinas que decoraban, en fotografías, las paredes del local. 
El Milodón se lo pasó fenomenal. 

Diréis: qué indiscreto, Milodón. Y el Milodón se disculpa. Si ahora escribe todo esto aquí no es porque quiera hacerle la pelota a nadie ni hacerse el interesante. Siempre le han dado mucha cosica esos blogs que son en realidad plataformas para una adulación que atiende a intereses privados y siempre le han parecido muy tristes esas personas que se jactan de conocer a gente extraordinaria solo para sentir que, de alguna manera, las cualidades ajenas también son mérito suyo. 
Si el plantígrado antediluviano habla hoy de Santi es solo porque es su cumpleaños.
Supone el Milodón que este año ha sido especial para él: ha salido a la calle su segunda novela, Los Huerfanitos, y se ha convertido en un fenómeno editorial. 


Ha tenido mucha repercusión mediática y en todas partes muy buenos periodistas han reflejado algunos rasgos de su personalidad que al Milodón le parecían secretísimos, como eso de que fuma un pitillo a las en punto y le encantan los dulces de Viena Capellanes. 
Todo el mundo le ha dedicado merecidísimos elogios que podéis leer 
Se ha convertido en una especie de estrella del rock. Pero una estrella del rock tan guay que Joaquín, de Rock and Roll Circus, tendría que comerse sus palabras.

Si el Milodón hubiese de hacerle un regalo de la leche en un día especial,  le compraría su último libro. Pero comprenderéis que es un absurdo regalarle a un autor su propia obra. Así que aquí le deja el plantígrado tres cosas. 

Una canción de los Beatles


Una de los Kinks


Y un volumen que andará por aquí cuando venga por Madrid


Muchísimas felicidades, Santirulo.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Amor y Olor a Mierda


La madre del Milodón, que es sabia, e influye más sobre las decisiones y opiniones del plantígrado antediluviano que la Unión Europea sobre las maniobras de De Guindos dice mucho una frase que suele ser palabra de dios: "Si huele a pescado, es que es pescado".

Por eso, aunque al Milodón no tiene la menor idea de qué establece la ley de protección de datos y 
el proyecto de ley de transparencia sobre la destrucción sistemática de documentos en los organismos oficiales, la presencia constante durante el último mes de estos vehículos en el entorno de su lugar de trabajo, donde se ubican el Ministerio del Interior, el de Administraciones Públicas y la Fiscalía General del Estado, le huele intensísimamente a merluza podrida (por no decir a mierda). 


Sabéis que este bicho tiende mucho a la fabulación fantasiosa en beneficio de una mayor amenidad del relato, pero os jura por el big bang que esto es absolutamente cierto y que solo para poder contároslo le hizo una foto a estas camionetas, que han estado rondando o aparcando en los primeros números del Paseo de la Castellana a lo largo de demasiados días.



La empresa DATAERASER, tiene un pase: "Recogida, destrucción y reciclaje de documentación y material informático, digitalización de documentos". Bueno. Vale. Todo el mundo hace limpieza.

Pero, ¿qué hay de DCD (DESTRUCCIÓN CONFIDENCIAL DE DOCUMENTACIÓN)? Aquí, la precisa ubicación de adjetivo 'confidencial' es lo que chirría. Porque, pensadlo bien: lo que viene a decir el nombre de esta empresa es que no es top secret la documentación, sino la acción de destruirla.

Vosotros diréis, amigos, que el Milodón debería tomarse la molestia de informarse al respecto antes de emitir ningún juicio de valor, y quizá tengáis razón: algunos compañeros, sagacísimos periodistas, le quitaron hierro al asunto cuando el plantígrado les contó lo que había visto, argumentando que eliminar documentación confidencial es una práctica muy común en cualquier lugar donde haya trámites burocráticos. 
Pero también los alemanes decían que ese espeso humo blanco que salía de las chimeneas de los campos de trabajo para judíos lo producía la combustión de la madera y el carbón. Y ya sabéis qué estaba pasando en realidad. 
Aquel humo blanco olía a pescado. Y lo era.

El pasado fin de semana vino de visita a Madrid la madre del Milodón. 
Qué bien lo pasaron. 
Compraron fundas de cojines en Ikea, 
comieron sandwiches club en el VIPS, 
fueron a ver el musical de Concha Velasco (recomendabilísimo) 
y el domingo, exactamente hace siete días, en una visita relámpago al Museo del Prado, pasaron por delante de este cuadro... 


Juana La Loca, de Francisco Pradilla. 
La gigantesca pintura, de 1877, representa una parada en la durísima travesía que llevó a la hija de los Reyes Católicos de Burgos a Granada durante ocho meses, viajando siempre de noche, para llevar el cuerpo de su marido al lugar donde él había pedido ser enterrado. Las crónicas oficiales cuentan que Juana no se separaba ni un segundo del féretro, a pesar de que el corazón de su amado ya no estaba allí dentro, sino que había sido enviado a Bruselas, también por por deseo suyo. 
Ya véis: Felipe El Hermoso, además de ponerle los cuernos sin parar a su señora -cosa que, dicen, fue lo que hizo que ella se transtornase-, era caprichosín. 
Acompañaba a Doña Juana un séquito apabullante de curas, monjas, nobles, damas de compañía, soldados y criados que estaban hasta los cataplines de pasar frío por la meseta adelante. 
Cada nuevo día era un calvario y cada nueva orden de la señora, una renovada fuente de burla y escarnio tácito entre los miembros del entourage, que efectivamente pensaban que Juana era una puta loca. 

En las paradas técnicas, que suponían un despliegue de medios titánico, los caretos de hartazgo, sorna y autosuficiencia eran parecidos a los que los sagacísimos compañeros del Milodón le pusieron al plantígrado cuando él les habló de la indisimulada fuga de documentos que se estaba produciendo en el Ministerio del Interior. 

"Ya empezamos"

"Ay, señor, señor"

"Yo podía estar haciéndome la manicura ahora mismo"

"Pfffff"

"No, si es buena tía, pero se le pira"

Lo que no sabían esos señores todos es que Juana, en realidad, no estaba atravesando España (que todavía no era tal) de lado a lado por el capricho arrebatado de una mente inestable, sino porque huía del Cardenal Cisneros y de su propio padre, quienes, después de la muerte de la reina Isabel, querían arrebatarle su LEGÍTIMO derecho al trono. 
Fernando el Católico y Francisco Jiménez de Cisneros se salieron con la suya: convencieron a la opinión pública de que Juana (que efectivamente estaba enamorada hasta las trancas del señor difunto y muy afectada por su fallecimiento) estaba como unas maracas, la fueron a buscar hasta la ciudad de la Alhambra y la condenaron a 46 años de reclusión forzosa en un castillo de Tordesillas, donde como única compañía tenía a su hija Catalina y donde ambas eran maltratadas -física y psicológicamente- por sus sirvientes. 

Juana ha pasado a la historia como una loca. Pero, gracias a que en su tiempo no había empresas de Destrucción Confidencial de Información, han llegado a nuestros días documentos que prueban la jugarreta de su santo progenitor. Un hombre tan chungo que Maquiavelo le escogió como inspiración para escribir 'El Príncipe' y dijo de él: "Fue un rey malvado y tramposo, sin ningún tipo de moralidad, que vivió para hacer el mal".

El Milodón nunca sabrá si, como se imaginó hace días,en el Ministerio del Interior están destruyendo documentos secretos sobre, pongamos, la intervención de la policía en las últimas huelgas y manifestaciones.
Pero tiene la tranquilidad que le da aquel dicho sobre el pescado de su madre, y otro, este ya más popular: Hay dos cosas que es casi imposible disimular. El amor y el olor a mierda.