lunes, 19 de noviembre de 2012

Ciruelas y Mandarinas



Imágenes de Defensa India Antigua

El Milodón abre su primera mandarina de la temporada y esas minúsculas ampollas llenas de zumo amargo que cubren la cáscara estallan dejando un rocío fragante en suspensión.
A un amigo del colegio del plantígrado el olor de las naranjas pigmeas le traía algún recuerdo horrible (jamás llegó a confesar cuál) que, inevitablemente, le ponía de un insoportable mal humor lindante con la agresividad.

Al Milodón las mandarinas le recuerdan a la navidad y le ponen melancólico.

La madre de Trapalleira hace una mermelada de mandarinas que consigue que esas minúsculas ampollas que cubren la lengua, las papilas gustativas, se retuerzan de alegría al masticar pan de tostada.
Para elaborarla Teté (la madre de Trapalleira) le quita a cada gajo, uno por uno, esa piel que los cubre, tan fina que parece una membrana.

La abuela del Milodón hace también mermelada. Esta, de ciruela. Su sabor y textura es un chute de endorfinas infalible. Extendida sobre una galleta Gullón y mojada en un café con leche y azúcar sabe a beso de amor tranquilo y desprendido. Para elaborarla, Julia (la abuela del Milodón) viaja en su pequeño Citröen blanco hasta Cabañas Raras del Portiel, donde un árbol generoso que plantó no hace muchos años le da quilos y quilos de fruta, de la que solo extrae la pulpa.

Esta noche el Milodón tuvo un sueño extraño.
Estaba sentado en el medio de cualquier lugar y estaba enfadado. Muy enfadado. Enfadado y agresivo.
En el lenguaje ininteligible de las pesadillas, el Milodón, explicaba las razones de su ira en voz alta. Eran motivos sólidos, inamovibles. Todo tenía perfecto sentido, todo encajaba, todo era intolerable, desapacible, descorazonador.
Y de pronto, desde ningún lugar, se le acercó un hombre joven. No se acuerda de su cara, aunque sí remotamente de sus rasgos. Era guapo. Era muy alto, algo rechoncho y miraba con ojos de vaca buena. Se puso frente al plantígrado y le dijo con voz mansa: "¿Por qué estás tan enfadado, Milodón?". Le acarició la cabeza con paciencia, con ternura y algo de compasión, como intentando expresar: "En realidad, no es tan importante". Y después le dio un abrazo. Un abrazo gigante, redondo, mullido, de amor tranquilo y desprendido.
El Milodón se sintió increíblemente bien. Tan bien que cuando se despertó y se dio cuenta de que todo había sido un sueño, se enfadó de nuevo, casi sin poder evitarlo, como le pasaba a aquel amigo cuando percibía el olor de las mandarinas.
Decepcionado, se levantó y abrió la nevera, pensando en hacerse un desayuno que le aliviara. De la puerta del frigorífico al suelo cayó un bote mal cerrado.
El suelo de la cocina se llenó de mermelada de ciruela.



9 comentarios:

  1. Pero qué bellísima elegancia!

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  2. Maravilloso.
    Mi amiga Marisa contaba que a ella el olor de las manos tras pelar una mandarina le recordaba al de las monjas. Las monjas que le daban mandarinas de postre en el comedor del colegio.

    Saludos.

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  3. Los amigos están para hacerse sentir bien.

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  4. http://www.beachpackagingdesign.com/wp/2010/07/iain-baxters-animal-preserve.html

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  5. Naranjas y abrazos mullidos para pasar buen invierno

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