domingo, 16 de septiembre de 2012

7 motivos para recuperar la esperanza (Veranillo de San Miguel)

Aquí van algunas cosas que están ayudando al Milodón a superar la crisis postvacacional. 

1. El Yakitori


En el barrio del plantígrado (calle Magallanes con Fernández de los Ríos) un señor del Lejano Oriente ha cogido el traspaso de un bar de viejos que por lo visto se llamaba El Chaflán y sin cambiar un ápice la decoración y el espíritu del local, sigue tirando cañas madrileñas (bien tiradas, por cierto), pero acompañadas de raciones de comida japonesa. El sushi, el sashimi, los California rolls y las brochetas de pollo teriyaki están bastantes buenas, aunque lo que más le gusta al plantígrado antediluviano son las empanadillas japonesas o gyozas. Si sois especialitos y no queréis comer ninguna de estas cosas que implican salsas raras o pescado crudo, no tenéis que preocuparos. Con la cerveza ponen una tapa española de las de toda la vida: de patatas en salsa verde a alitas.


2. Lesula. 


Que el hombre aún pueda descubrir nueva criaturas como este adorable mono congoleño tiene que significar algo.


3. El Parque del Capricho


Como mandan los cánones en España, esta maravilla versallesca del siglo XVIII estuvo abandonada y en un estado deplorable hasta finales de los noventa. El Milodón lo ha descubierto gracias a que este septiembre el diseñador Josep Font lo ha reivindicado celebrando allí un desfile. Sus encantos: laberintos de arbustos, fuentes románticas, un palacete neoclásico, una discreta capilla, pérgolas perdidas entre claros, estanques y una masa forestal que da gusto contemplar (hay unos pinos chulísimos, tilos y un árbol llamado 'del amor' que en primavera debe de ser precioso).
El parque es además como un roscón de Reyes: tiene una sorpresita muy dentro. Su subsuelo está lleno de búnkers construídos durante la Guerra Civil.
Si queréis saber más de este lugar aquí tenéis una muy buena descripción.
Por supuesto, los accesos a él en bicicleta son una porquería. Si no tenéis ganas de arriesgar el tipo en la rotonda de Canillejas para llegar, hay metro directo en la línea verde.

4. El Weirdo Bar



El Milodón llegó a Madrid en un momento en que la vida nocturna en Malasaña estaba dominada por lánguidos de camisa de cuadros con especial querencia por bandas lloronas. La tendencia empieza a cambiar. Tal vez a los que gimoteaban por el amor de una muhé (Bon Iver, no nos engañas, todos sabemos que eres un maltratador psicológico y que tu novia te dejó porque no aguantaba más tú plañir por todo) les empieza a dar reparo quejarse de problemas existenciales, en habiendo seis millones de parados.
Aquí va la noticia: el garaje es el nuevo indie. En este bar cerca de la Plaza del 2 de mayo  la rabia sustituye a la pena, pinchan canciones de los Queers y ponen unos copones de gin tonic que quitan el sentido por cinco euros. Habrá que disfrutarlo antes de que se estropee. 


5. Las croquetas del Somosierra.



Barras de formica, planchas humeantes y un catering de comida para llevar de los de antes. En el Somosierra (mítica cafetería de tortitas con nata + señoras ubicada en la zona noble de la calle Fuencarral) ponen una croquetas -ya hechas o frescas para llevar a casa, a gusto del consumidor- que devuelven la fe en la raza humana. 

6. Este rótulo.



Si la Cafetería Sarajevo ha conseguido sobrevivir en el entorno del Bernabeu casi dos décadas con ese nombre, nosotros podemos afrontar los próximos dos años.


7. Las muñecas de Antonio Juan. 




Antonio Juan es una firma de juguetería originaria de Foia de la Castalla (os lo juro que es el nombre de la localidad) creadora de la muñeca 'Leonor', inspirada en una de las infantitias letizioides. El Milodón descubrió a estas criaturas en una reciente visita a El Corte Inglés de Castellana. ¿No os parece que esta imaginería nacionalcatólica es la que mejor representa el percal que nos rodea? Comprarla puede ser un movimiento estratégico para protegerse. Ya lo decía Sun Tzu en 'El Arte de la Guerra': conoce a tu enemigo.


viernes, 14 de septiembre de 2012

La Generación de los Pucheros (Llorando en el Alsa)

"No quiero"

Va pasando el tiempo, va llegando el otoño, y al Milodón no le acaban de volver las ganas de actualizar a menudo el blog.
Se ha apoderado de él una desilusión paralizante que lucha por vencer.
No quiere instalarse en ese pucherito victimista del que acusan a los de su generación en un manifiesto que ha levantado ampollas firmado por una tal Meredith Haaf.


  • El manifiesto se titula Dejad de lloriquear. Sobre una generación y sus problemas superfluos
  • La acusación es que los 'jóvenes maduros' de hoy somos autocomplacientes, hiperinformados, narcisistas, adictos a la cultura del 'Me Gusta': unos quejicas muy cultos pero muy engreídos incapaces de afrontar los problemas con soluciones reales, adormilados como estamos por las redes sociales. 


De acuerdo, Meredith. Los chicos no lloran, tienen que pelear.

Pero es que ver cómo personajes de la talla de Bertín Osborne vuelven a la parrilla televisiva gracias al buen criterio del nuevo Gobierno provoca una desazón horrorosa. Una desazón solo equiparable a la mala hostia que le genera al Milodón tener que pagar noventa euros de autobús cada vez que quiere salir de Madrid para visitar a sus padres.





Comienza el curso con nuevas caras en la televisión pública.
Comienza el curso con la subida del IVA, que ha sido particularmente lucrativa para ALSA, esa empresa que lleva ya muchos años riéndose de los viajeros del noroeste peninsular (sus rutas imposiblemente lentas, largas o ineficientes son una tortura propia del régimend de Pol Pot) pero que este año ha encontrado la excusa perfecta para convertir a sus viajeros en mártires dignos de canonización.

"En la esperanza de que nos vuelvan a escoger para viajar, les deseamos una feliz estancia en Madrid", dicen a través de la voz de un humilde operario los muy hijos de Satán.
"En la esperanza de que nos vuelvan a escoger" 
¡¡¡PERO SI NO HAY OTRA COMPAÑÍA QUE VAYA A PONFERRADA DESDE MADRID!!!  ¿¿¿A QUIÉN VAMOS A ESCOGER???

En medio del pesimismo que se está apoderando del estado de ánimo de este país semi-intervenido, es inevitable ponerse en plan Mariano José de Larra y encontrar metáforas del desastre español por todas partes. "En la esperanza de que nos vuelvan a escoger" es el nuevo "Vuelva usted mañana".

Ahora debería venir esa parte afectadísima en la que el Milodón, como buen animal político, se pone moralista, profundo, pesao, y establece un paralelismo entre el monopolio autobusero y los abusos de poder del Gobierno y de Europa, o una analogía entre la desvergüenza autobusera y la desfachatez de los grandes poderes fácticos.

Pero no.

Ahora viene cuando el Milodón os dice que dado el indiscutible nuevo auge que están viviendo los Museos de Cera, ha decidido convertir su casa en una galería bizarra: el museo de los regalos de la clase ALSA SUPRA.

Una escobilla limpiadora para el teclado del ordenador.

Una chapa de cerveza gigante a modo de abridor de botellas.

Un clip de dimensiones absurdas concebido para sujetar papeles gullivéricos.

Un diccionario Collins Español-Inglés/Inglés-Español de bolsillo.

Una lamparita de lectura a pilas.

Un pisapapeles imantado coronado con clips metálicos antropomorfos.

Una taza-termo de plástico que no cumple con su función isotérmica.

El club de los poetas muertos y el metacrilato

Todas estas cosas, y muchísimas más -ridículas, absurdas, inútiles- regala Automóviles de Luarca Sociedad Anónima a los clientes que escogen pagar 90 escandalosos euros para no tardar cinco horas y media (distribuidas a lo largo de cinco infernales paradas) en recorrer 380 kilómetros.
Sí, amigos: el servicio ordinario de Alsa (o sea, el que no es Supra) tarda cinco horas y media en recorrer 380 kilómetros.

Mientras que el servicio Supra tarda cuatro.
Cuatro horas a lo largo de las cuales el pasajero recibe:
unos cascos-botón de gama baja para escuchar la película que es proyectada en el habitáculo
una media de dos o tres bebidas (agua, refrescos, café o infusiones)
un bocadillo grasiento de fabricación industrial
un paquetito de frutos secos
dos caramelos
y como colofón
UN OBSEQUIO ABSURDO

Que la única empresa que ofrece una conexión razonable entre la capital de España y las ciudades del norte etiquete como 'Servicio Superior' a un viaje convencional donde el pasajero es cebado con snacks de ínfima calidad es para sublevarse. Pero lo que ya es para ponerse a hacer pucheros son los verdaderos motivos que se esconden tras ese regalo-mofa que se entrega al final del recorrido al viajero.
El Milodón está convencido de que el cuñado del director general de esta ex-asturianísima compañía de transporte tiene un chiringuito especializado en regalos de empresa que se lleva al menos un 5% de los noventa euros que cada viajero paga por recorrer 350 kilómetros en cuatro horas.
Aquí sí que está claro el paralelismo con la situación de España, ¿no?

Si es que por algo se suicidó Mariano José de Larra...




martes, 4 de septiembre de 2012

Un lugar en el mundo



Intentando con solo dos manos encajar de nuevo en su sitio las fundas recién lavadas del sillón (note to self: a sesenta grados la tapicería encoge) el Milodón piensa que desearía con todas su fuerzas ser madrileño.

No es que haber nacido en la Capital del Reino otorgue unos superpoderes domésticos que permitan completar con éxito y rapidez tareas engorrosas como descongelar la nevera, pasar el aspirador, reordenar la ropa, limpiar las alfombras o meter en la lavadora quince quilos de tela gruesa. Es que el Milodón está convencido de que el nativo madrileño no pasa al final del verano por una crisis de identidad profunda como la que ha empujado al Milodón a ponerse en plan 'I want to break free' solo para no pensar mucho.  

Si el Milodón fuese madrileño, disfrutaría de indiscutibles ventajas. 
Para empezar, en su boda los invitados le cantarían a grito pelado y sin temor a represalias una de Rubén y Leiva.
Y para seguir, no pasaría cada mes de septiembre  por el calvario de resignarse a aceptar la furia como modo de vida. No echaría de menos nada, porque Madrid sería su verdadero hogar. El lugar donde nació.

Otra vez se acaba el verano. Otra vez esa sensación. 
Todo lo ocurrido lejos de la histeria urbana -en lugares donde el tiempo pasa más despacio y las cosas saben mejor- parece un sueño del que uno vuelve incapaz de asegurar si lo real es lo que acaba de vivir en su mente o lo que hay al despertar. 

Cuando regresan a Madrid, los provincianos toman pastillas para dormir y ponen muchas coladas.