lunes, 20 de agosto de 2012

Cara al sol (Madrid y el bronceado)






Al Milodón le encanta estar bronceado, aunque estar bronceado tenga muy mala prensa. 

Hay quien dice que el moreno es una licencia vanidosa que los ciudadanos se permiten para hacer ver a todos sus congéneres que el sistema les ha dejado hacer una pausa en sus obligaciones para con el trabajo. 


Si aceptamos esa teoría, cuanto más bronceado está uno, más poder y más dinero atesora (o aparenta atesorar), porque solo los ricos y poderosos pueden permitirse frecuentes pausas para solazarse en terrazas, repantigarse junto a piscinas, pasearse en veleros, tirarse por pistas nevadas y hacer todas esas actividades que sacan el mejor color de uno durante todo el año y que nada tienen que ver con currar.



Josefina sin el cochino jabalín


Quienes eso dicen se olvidan de que hubo un tiempo en que estar pálido era el equivalente social a estar bronceado.
Los reyes, señores feudales o terratenientes tenían la tez blanca como la leche porque jamás trabajaban la tierra y por lo tanto no se exponían a los rayos UV-A, UV-B o UV-C. El que tenía la piel tostada era un siervo de la gleba: un pringao. Un currito.



Scott, Zelda y Scottie: curritos no eran

Se dice mucho por ahí que fue Coco Chanel en los años veinte quien elevó la reputación del bronceado y convirtió la piel morena en un complemento de moda tan legítimo como unos bonitos pendientes. 
Los personajes de las novelas de Scott Fitzgerald, que, como Chanel, pertenecían a aquella generación de ricos hedonistas y audaces que vivió el primer crash económico del capitalismo, también iban a la playa, en un alarde de modernidad.

Lo de viajar al litoral, enfudarse un traje de baño y dedicarse a la vida contemplativa sobre la arena es algo que solo se convirtió en un pasatiempo popular cuando las vacaciones pagadas se establecieron como un derecho de los trabajadores. No antes.







Algo pasa con el fotoenvejecimiento



Hay quien dice también que, por lo que tiene de presunción, el bronceado es un signo inequívoco de mal gusto. 
Pero olvidan que hubo un tiempo en que las personas estaban tan ocupadas ganándose la vida en oficios artesanales, dejándose la piel en fábricas inclementes o batiendo los campos con azadas que no podían siquiera pensar en la idea de tumbarse sobre una toalla y simplemente dejar que los fotones les hiciesen cosquillas. 
Ya ven. Por H o por B, el bronceado siempre ha sido, en realidad, un símbolo obrero.







Al Milodón le parece una tragedia de dimensiones homéricas pensar en una vida sin derecho a la playa.


Y se siente profundamente agradecido a los señores que gestionan el Limbo, por no haberle sacado a este mundo en, digamos, el seno de una familia de jornaleros de Écija en 1817.

Aunque a estas horas, sentado junto a la ventana del apartamento en el que vive, con todo abierto de par en par y las cortinas más inmóviles que el paño de un velero en plena calma chicha en el Mar Caribe, las temperaturas que soporta el plantígrado (y todos los madrileños que viven en el centro) no envidian en nada a las que han hecho célebre a la 'sartén de Andalucía'



En Águilas también hace mucha caló


Miren por donde, a este plantígrado antediluviano le ha tocado en suerte vivir en una ciudad donde ya no es que no haya playa (vaya, vaya, and so on): es que uno no se broncea.

Pónganse como quieran, pero es un hecho. En Madrid el sol no tuesta la piel.
Esos días en los que en el centro de la capital se convierte en una burbuja de calor que condensa temperaturas próximas a los 44 grados la idea de salir de la sombra produce, directamente, arcadas. 


¿Pero qué me dicen de esos otros días en que el termómetro, más relajado, se mueve con gracejo entre los 33 y los 38? 

Tampoco hay manera.
La experiencia bajo el sol es desapacible, incómoda, abrasadora. 
E infructuosa. Esos coloretitos amables, síntoma de alegría y bienestar, típicos de un día feliz en la playa, nunca aparecen. O para conseguir que aparezcan hay que estar hecho de titanio.

Hay gente que no se fía del abstemio. Y hay gente que no sea fía del moreno. 
Sinceramente, el Milodón no lo comprende. 
¿Que cosa hay más placentera que dejar que el sol seque el agua yodada del mar sobre la piel mientras uno piensa en absolutamente nada? 

Puede ser que las haiga. Pero para conseguirlas o bien hace falta otra persona. O bien hace falta dinero

Por eso, aquí va un consejo: disfruten del sol los que puedan (y aún tengan vacaciones pagadas).