miércoles, 27 de junio de 2012

Irene y Fernando (Adiós, Nora Ephron)




Trabajan desde hace treinta años en el bar/restaurante donde se conocieron (trabajando). Casados. Con dos hijas. Todas las mañanas le ponen al Milodón el café, un pincho de tortilla, a veces el menú del día. Entre semana Fernando e Irene trabajan. Mucho. Pero el fin de semana bailan. Tanto Monta, Monta Tanto. Irene y Fernando

viernes, 22 de junio de 2012

La paradoja de junio (El Resplandor)



Noche


Junio siempre había sido el mes favorito del Milodón. 
Los suyos son los días más largos del año y a las once de la noche, cuando ya ha atardecido, hay un plácido resplandor de amanecer en ciernes en el horizonte, como si el sol se quedase ahí rezagado diciendo 'mañana me tengo que levantar pronto pero esta noche va a ser tan guay que prefiero quedarme aquí un poco más'.


En junio, las expectativas de las vacaciones que están a punto de llegar proyectan una sombra muy agradable sobre las cabezas abrasadas por los neones de las oficinas. Y San Juan anda por ahí quemando malos augurios. 


Si San Juan fuese a la oficinas del Financial Times le prendería fuego a Paul Krugman.
Por Nostradamus neocon. Por asustaviejas cabrón.


Ayer por la noche el Milodón vio un gato negro sentado como una esfinge en el monumento a Cuba del Parque del Retiro. Eran casi las doce de la noche -el verano estaba a punto de entrar por la puerta en grande en Madrid- y a pesar de la oscuridad, el pelaje de aquel minino devoraba con tal ansia cualquier atisbo de luz que no había duda de su no-color. 
Silvia dijo que aquello no era buena señal. Y justo después se levantó una brisilla fresca que traía olores muy ricos de plantas cuyos nombres no sabe ya casi nadie. 

Cuba.
España.

Fato.
Tragedia.
Noventayochismo.


Luego pasaron por delante de Florida Park. Del interior de un salón ténuamente iluminado salía un tango.
Lo del tango no es un recurso poético de pizzero de La Latina. Es que dentro, según nos informó el portero, había expertas parejas danzarinas frontándose a base de bien, haciéndose corralitos al compás de cuatro cuartos.
A Silvia, que le gusta mucho Borges, la reminiscencia argentina le pareció romántica.
Al Milodón (que ya venía un poco escamado con el tema del minino) el ronroneo del disco de pizarra y la imagen mental de la cara en contrastado blanco y negro de Carlos Gardel le hicieron imaginarse que dentro bailaban sin sentimiento, maquinalmente, fantasmas de tecnócratas franquistas. Y se cagó de miedo.

La verbena de la Paloma

Pero en bicicleta, el miedo de disipa mucho más rápido que caminando. Así que el Milodón se tiró a dos ruedas por la cuesta de Moyano. A toda leche y sin casco, desafiando todas las malas señales.
Bajó por el Paseo del Prado.
Rodeó la Cibeles.
Y entonces pensó que hay que algunas cosas que son mucho más bonitas contempladas desde el movimiento contínuo. Por ejemplo:

El edificio Metrópolis: es uno de esos buques arquitectónicos hechos para ver en un contrapicado y desde el coche.
Las terrazas del Paseo de Pintor Rosales: cualquier persona en su sano juicio no querría escuchar las conversaciones de su clientela, pero sus risas lejanas dan mucha envidia.
Las Puertas de Madrid (Toledo, Alcalá, Hierro): ¿Alguien se acuerda de la de Felipe IV y de la Real? No. Y es porque no se puede circular alrededor de ellas.




Junio es un mes paradójico en Madrid.
Es la promesa de los placeres celestiales del verano.
Pero también el presagio de los calores satánicos.
Y el Milodón no tiene aire acondicionado.
Este año de augurios de mierda, junio ya no le gusta tanto.

lunes, 4 de junio de 2012

Apuesta por el humor (Desayuno con Chiquito de la Calzada)



Con la que está cayendo

En los tiempos que corren

Según está el patio

Hay toda una nueva corriente creadora que apuesta por reírse de la situación
El humor como solución purgante
Apuesta por el humor, humor, humor

Todo, desde el embargo de nuestra economía a la defunción de los derechos sociales pasando por la muerte de la clase media, es susceptible de coña, chanza y chascarrillo. Las redes sociales son una constante olimpiada mundial de la gracieta.

Según está el patio

En los tiempos que corren

Con la que está cayendo

Hay que reírse, dicen.

Aquel día de principios de septiembre de finales de los noventa, sin embargo corrían otros tiempos. Aún no existían las redes sociales como las conocemos hoy.
Y lo único que estaba cayendo a plomo, ya desde las nueve de la mañana, sobre las brillantes aceras grises de una (no muy) pequeña ciudad de provincias era el sol.
En esta ciudad de provincias, que no está en Galicia, pero que aún no es Meseta, el verano castiga a sus habitantes con una temperaturas insoportablemente altas que no bajan ni cuando llega la noche.
Como en Madrid, pero con una plaza dedicada a Luis del Olmo, en vez de a la Cibeles.


La suerte que tienen los habitantes de esta pequeña ciudad de provincias es que cuando el astro rey se pone muy borbón, la adecuada refrigeración en tiempo de ocio no depende del poder adquisitivo: hay ríos en los que uno puede bañarse gratis. Por supuesto, hay clubes privados con piscinas de pago también. El Milodón iba a una donde las niñas, que jugaban al tenis después de la jornada de baños, miraban mal a otras niñas si su raqueta era Rox y no Ellesse. Lucha de clases sobre el césped. Pequeños dramas adolescentes que generan desde tempranas edades un odio que más tarde será muy útil para sobrevivir en el mundo contemporáneo.

Aquel día de septiembre a las nueve y media de la mañana sonó el teléfono en casa del Milodón. Ya reverberaba el asfalto en el barrio de la Estación -a un lado de la línea- y en el de la Puebla -al otro-. El Milodón todavía se desperezaba en el despertar de uno de esos estíos estudiantiles en los que las mañanas consisten en prolongar el desayuno hasta las doce delante de la televisión.

"Hija, que está Chiquito arriba con su mujer. Que si quieres venir".


Era la madre del Milodón. Llamaba desde el lugar en el que trabajó veinte años de su vida.
Uno de esos austeros hoteles de tres estrellas y setenta y dos habitaciones clónicas, inaugurado en los años ochenta y pensado para las clases medias, que no entraría jamás en el molde de 'establecimiento con encanto' ni soportaría el cuño de 'boutique' pero que recibía a sus huéspedes con sábanas siempre suaves y limpias, camas bien hechas, baños en perfecto estado de revista, agua caliente a presión y un desayuno continental que a veces incluía bizcocho casero.

El hotel recibía con el mismo abrazo honesto a viajantes y viajeros que a los artistas que ocasionalmente venían a actuar en las fiestas patronales. Así que gracias a aquella hospedería que no tenía un patio andaluz con enredaderas con bufé libre, ni un lounge con biblioteca privada, ni un circuito spa con sauna, ni una terraza con piscina infinity, el niño Milodón consiguió autógrafos de David Summers, de Rafa Sánchez, de Mikel Erentxun o de Javier Krahe. Héroes de la clase media.

Aquella mañana desayunaba continentalmente el pecador de la pradera por antonomasia en la primera planta. Con él estaba su mujer, Pepita.

"¡Voy corriendo, mamá!"

El Milodón entró en el salón donde Chiquito daba cuenta de un zumo de naranja natural y muerto de vergüenza pero preso de un furor grupi que le ha caracterizado desde su más temprana juventud le preguntó a aquel matrimonio si podía sentarse a desayunar con ellos.

"¡Por supuesto que sí!"

Fueron amables, cariñosos y risueños. Preguntaron más de lo que contaron, como la gente educada suele hacer. Y aunque Gregorio (que como sabréis, así se llama Chiquito) no dijo ni un solo jarl a lo largo de aquella media hora que debió de durar el encuentro, llevaba una de esas camisas estampadas con las que se convirtió en un mito y que ya quisiera Nick Cave para si.




La actuación de aquella noche la costeó un ayuntamiento que aún se podía permitir pagar cachés de humoristas. Corrían otros tiempos.
En los hoteles aún no había conexión wifi y nadie posteaba gracietas de 'humor indignado'.



Chiquito de la Calzada acaba de cumplir ochenta años.
Pero las palabras fistro y duodenal siguen funcionando como máquinas de precisión.
Los motivos no están claros.
No es tarea fácil saber qué determina que una persona nos parezca graciosa y otra no de la misma manera que identificar los motivos por los que nos pillamos hasta las trancas de este fulano y no de este otro. Humor y amor son dos misterios insondables.
Hay, sin embargo, gente que oficialmente no tiene puta gracia, aunque ejerza de graciosa del reino. Tal sería el caso de Patricia Conde, que coincidentemente también ejerce de maciza española.
El Milodón jamás se ha podido reír con uno solo de sus chistes ni imaginar medio coito con ella.
Ni amor ni humor.


Pero hay casos que no son tan palmarios. En la delgada línea roja están por ejemplo Pedro Reyes y Silvia Jato. Al plantígrado antediluviano los gags del uno y los muslos de la otra le dejan la cara como una carta de ajuste. Pero el Milodón es capaz de comprender que alguien se ría con el primero y se toque la entepierna con la segunda.
Lo de la gracia y las carcajadas debe de funcionar como lo de la visión y los colores.

El otro día Trapalleira Viaxeira le explicaba al Milodón (con una virtud verbal que este animal sería incapaz de reproducir, pero que ella misma ha plasmado en su blog) que mientras los ojos de los humanos proporcionan a la mayoría de los hombres una visión tricromática (intenten que Patricia Conde diga esta última palabra tres veces seguidas, ya verán qué risas), es decir, un mundo en color que resulta de la mezcla de tres colores (el rojo, el verde y el azul), hay estudios que apuntan a que algunas aves tienen una visión cuatricromátrica (CMYK) y que por lo tanto son capaces de percibir un espectro muchísmo más amplio que el de los humanos. Eso les ayuda, entre otras cosas, a ver alucinantes colores imperceptibles para los mortales en los plumajes de sus potenciales ligues.

El Milodón está convencido de que la gente que es capaz de reirse con Pedro Reyes tiene un sentido del humor cuatricromátrico. Y son experimentados amantes.




¿Caducará alguna vez el petecandemorenau?
¿Cuándo deja un chiste de tener gracia?

¿Cúantas veces más podremos soportar escuchar lo de 'Con la que está cayendo'?

El día que falleció Pepita, la mujer de Chiquito, no hubo risas.

El día que la madre del Milodón llegó a casa y dijo que el hotel cerraba y que todos los empleados tenían que sujetarse a un Expediente de Regulación de Empleo, tampoco.