martes, 15 de mayo de 2012

Madrid, Ciudad Antiglobal

*Post originalmente publicado en Madriz


Una ciudad global es aquella que gracias a la globalización y a sus caracteristicas urbanas afecta de forma directa y tangible a la marcha del mundo, no sólo en términos económicos, sino también culturales y políticos. Londres, Nueva York, París y Tokio son históricamente las “cuatro grandes”; aunque desde hace algunos años la revista Foreign Policy y el GAWC (el grupo de estudios más reputado del mundo en lo referente a este tema) dicen que Madrid se añade a una lista que también han pasado a engrosar nombres como París, Chicago, Hong Kong, Seoul o Berlín. Nosotros nos preguntamos si los expertos han tenido en cuenta diez indicadores que claramente ponen de relieve que Madrid no es ciudad global sino el eterno pueblón donde desagua la España más española.


"¿Vamos al Garage Hermético, que allí aún dejan fumar?"


1. Woody Allen pasa de MAD
Barcelona ya se agenció las olimpiadas y el título peninsular de capital del disseny. No es justo. ¿No podíamos al menos llevarnos un poco de atención de este hombre tan viajero que ya ha hecho escala con Penélope Cruz en la Ciudad Condal y en Roma? Ana (Botella): con el dinero que te vas a ahorrar reclutando a parados para labores de voluntariado podrías intentar que la Film Commission capitalina subvencionase la venida del director judío y pedirle de paso que incluya en el guión alguna alusión al legado sefardí madrileño. El Milodón ya ha encontrado la banda sonora para esa obertura a la Midnight in Paris en la que en lugar de las anchísimas avenidas del París hausmaniano veríamos las majestuosas y versallescas fuentes del ensanche de Carlos III. ¿Es o no es perfecto para tal fin este pasodoble británico interpretado por una orquesta rusa?


 Regresando del Decathlon de Usera


2. No hay forma de que penetren las bicicletas
Alberto Ruiz Gallardón tuvo la oportunidad en Madrid Río de hacer que la ciudad de la que fue alcalde se reconciliase con las bicicletas. Pero prefirió mezclar en un solo carril a peatones y ciclistas a las orillas del Manzanares y ahora no solo tenemos un nuevo desafío para la Dirección General Tráfico, sino que le hemos dado una razón más a los ciudadanos para detestar a la gente que ama circular por el mundo a dos ruedas. Es difícil encontrar los orígenes del enconado odio capitalino hacia el velocípedo pero baste como prueba de este desdén el hecho de que Madrid es una de las pocas grandes urbes europeas donde los hipsters no pueden lucir con tranquilidad el complemento cool por excelencia y el ayuntamiento ni se plantea poner un servicio de bicicletas de pago como el que hay en París, en Ponferrada o en Amsterdam. Dejar que los turistas se lancen a las calles sobre estos vehiculos sería como arrojar a un perroflauta dentro de una grillera llena de antidisturbios.




3. No tenemos skyline
En Muji (ese bazar japonés sofisticado en el que los productos solo son bonitos cuando unos los ve apilados de cien en cien) venden unas curiosas cajas que contienen un juego recortable del horizonte de París, con su torre Eiffel y su Defense, de Nueva York, con su estatua de la Libertad, de Berlín con su Fernsehturm (la torre de comunicaciones de Alexanderplatz), de Madrid con.. No. De Madrid no hay. Lo sentimos Florentino. Sabemos que con las Torres Sacyr Vallermoso quisiste darle a la ciudad un símbolo del capitalismo y la especulación transnacional que consiguese lo que no habían logrado las Torres Kio: que nuestro ansia de enriquecimiento y progreso se reconociese a lo largo y ancho del mundo. Pero no lo conseguiste. Ni Dios reconoce el perfil de las cuatro torres. Y antes de que se pronuncien los chovinistas, si añadiésemos el pirulí o la Puerta de Alcalá la cosa no mejoraría. Lástima que no se pueda dibujar la silueta de una burbuja inmobiliaria. Esa sí que es universalmente reconocida.

 Copyright: Santiago Cirujeda

4. No hemos conseguido gentrificar ningún barrio periférico
Afrontémoslo: la gentrificación –ese proceso por el que clases adineradas que se instalan en un barrio marginado por los bajos precios acaban desplazando con sus hábitos burgueses y la consecuente subida de precios a los habitantes naturales del barrio en cuestión– es una putada para los que la sufren. Pero también es un signo de prosperidad. Una ciudad global ha de sufrir la gentrificación, por un lado porque es síntoma inequívoco de que en ella funciona la lógica imparable del capitalismo y por otro para que se quejen un poco los burgueses bohemios que la provocan, como si con ellos no fuese la cosa. El barrio madrileño gentrificado por excelencia es Malasaña. Valdeacederas prometía, con sus viviendas de protección oficial de nueva construcción y su Studio Banana (el espacio multidisciplinar que no debe faltar en ningún en ningún gentribarrio que se precie); incluso Carabanchel, tantas veces defendido por Carlos Díez Díez (el diseñador quería ser a su distrito lo que Gilbert & George fueron a Whitechapel), tenía potencial. Pero la señora Gentry no ha conseguido salir del centro. De momento, no hay un Williamsburgh castizo que valga. Demos gracias al señor.

Desigual

5. Nadie quiere el mapa de nuestro metro estampado sobre un calzoncillo

Arcadi Moradell Bosch, el hombre que diseñó las ventanitas inspiradas en Santa María del Naranco del logotipo ‘Asturias, Paraíso Natural’ no se creía más listo que Harry Beck, el dibujante inglés que creó el mapa de transportes más funcional, bello e imitado de la historia del transporte humano, esto es, el esquema de la red del London Underground. Por eso solamente adaptó el esquema de Beck al trazado madrileño a principios de los ochenta. Pero en 2007 llegaron los chicos de Estudio Raro, que se creían más listos que Beck y Moradell Bosch juntos y se propusieron hacer un plano mejor. ¿Lo consiguieron? Si el pastizal que se gastaron en el cambio fuese un criterio de medición del éxito de su invento, la respuesta sería un sí muy rotundo. Si valorásemos su trabajo en función del nivel de satisfacción de los usuarios y la notoriedad global de los símbolos creados para “El Mejor Metro del Mundo” por estos señores, solo me queda decir una expresión muy de mi pueblo: coitadiños.




6. No nos gusta comprar diseño
¿Que por qué lo sabe el Milodón? Porque cerró Vinçon.

Hace catorce años la catalana familia Amat, propietaria de una de las mejores cadenas de bazares de diseño industrial de Europa, decidió darle una oportunidad a Madrid; buscó un edicificio protegido en pleno barrio de Salamanca (el más adinerado, el más cultivado y en consecuencia, supuestamente el más proclive a la compra de fetiches caros) y convirtió una antigua fábrica de platería, emplazada en un maravilloso patio interior, en una gigantesca tienda con un concepto inédito en la ciudad: un espacio de consumo que también funcionaba de una manera velada a modo de ‘galería de arte’. Las obras no eran pinturas, esculturas o instalaciones sino objetos refinados y creativos que convertían lo cotidiano en algo interesante. En Vinçon era posible encontrar desde cafeteras Bodum hasta sillas de los Eames para Vitra. Cuando cerraron el año pasado, su fundador dijo: “Quizá nos equivocamos de ciudad, teníamos que haber ido a Londres o a París”. Quizá simplemente es que Ikea, con sus precios democráticos y sus audacias en aglomerado ya cubre de sobra las expectativas diseñiles de los madrileños. Incluso de los que viven en el Barrio de Salamanca.

"Hoy no cariño, que tengo jaqueca"

7. No tenemos un prescriptor literario (postmoderno y multinacional)
Tokyo tiene a su Haruki Murakami. Nueva York a su Paul Auster. París a su Frédéric Beigbeder. ¿Y nosotros? Si habéis pensado en Joaquín Sabina se os debería caer la cara de vergüenza. Nosotros tenemos a Javier Marías, que lleva rompiendo corazones (tan blancos) desde los noventa, cuando se hinchaba a firmar ejemplares en la Feria del Libro de Frankfurt. Madrid es escenario frecuente de sus novelas y coprotagonista colateral de sus éxitos. Este año, con Los Enamoramientos, lo ha vuelto a hacer: ahí está la capital que nos gusta. La de los restaurantes enmoquetados de camareros con pajarita, el de las barras de formica y las planchas hirvientes, el de los museos bizarros y trasnochados… el que Sofia Coppola nunca podría convertir en un cliché.


Acampada en el Festimad

8. No contamos con un Festival Internacional de Música Independiente
Aceptémoslo: si en nuestro suelo tuviese lugar un acontecimiento musical con la repersión internacional del Primavera Sound y no las Jornadas Mundiales de la Juventud Apostólica y Romana, mucha más gente querría ponerse sudaderas en las que pusiese ‘I ♥ Madrid’.



9. La Fashion Week se celebra en un recinto ferial que parece un mercado de ganado.
Mientras en Londres llevan a las firmas que participan en su semana de la moda al espléndido palacio Tudor que es Somerset House o en Nueva York a sus creadores les dan la oportunidad de lucirse en el Lincoln Center, nuestra ciudad rinde tributo a sus diseñadores en un espacio cuyo nombre lo dice todo: Feria Internacional de Muestras (de Madrid). Si la expresión ‘Feria de Muestras‘ trae a la mente casetas de degustación de platos regionales, muestrarios de tapices para sofás y azafatas vestidas con trajes de chaqueta azul eléctrico, la realidad del asunto no decepciona. Cuando uno visita la Pasarela Internacional Cibeles (desde este año también conocida como Madrid Fashion Week) tiene la sensación permanente que le están echando; de que los gerentes del lugar han organizado todo para que el visitante piense: ‘Venga, rapidito, que mañana tenemos que recibir a 13.000 comerciales venidos de toda España que celebrarán en estas mismas instalaciones la Convención Anual Bisutex’. Con lo lucidos que quedarían los desfiles en los Jardines de Sabatini. O en el Frontón Beti Jai.


10. Los madrileños se mosquean cuando le dices que la suya quizá no es todavía ciudad global.
Que tu ciudad se convierta en un tópico cinematográfico o en un lugar común de agencia de viajes no es para estar orgulloso. 
Pero por algún motivo a los madrileños les jode que les digan que una sobremesa en el teleférico no es como un atardecer en el Empire State. 
Haced la prueba. Leedle este post a un gato.
Veréis cómo os araña.



El Milodón, lejos de Madrid estos días, está deseando regresar.

Feliz día de San Isidro Labrador, amigos.

jueves, 3 de mayo de 2012

3 de mayo de 1808 (Blaxplotation Night)



Vosotros también os habéis dado cuenta, ¿verdad?
Todos estos años no habéis dicho nada por pereza o porque pensabais que habría una explicación.
Pero lo habéis pensado igual que el Milodón.
Lo habéis visto igual que el Milodón.
El hombre al que están a punto de fusilar en el centro del cuadro más famoso de Goya es negro.
No oscuro como lo eran los personajes de los cuadros que el genial-pintor-aragonés plasmó en su etapa más siniestra, ni negro como cualquier caucásico que se perdiera dentro del túnel de Guadarrama en medio de un apagón.
No.
Es una persona de raza negra. Como Stevie Wonder. Como Pam Grier. Como Francine Gálvez.
O como este hombre:



"Bueno, Milodón. ¿Tanto te cuesta entender que el personaje del cuadro de Goya tiene rasgos norteafricanos, que son muy propios del fenotipo ibérico y que la pintura está ambientada en la terrible noche del 3 de mayo de 1808, en el Monte de Príncipe Pío, que según cuentan los historiadores fue fría, lluviosa y por lo tanto muy oscura?".

¿Ah, sí?

Es verdad que según cuentan los documentos de la época, aquella noche de 1808 fue fría y lluviosa como las que este mayo de 2012 nos está regalando. Y es también muy cierto que ochocientos años de dominación árabe dejaron una evidente huella genética en la península. Demos gracias al unísono a Dios y a Alá por ello. Que si no hubiesen pasado por aquí las huestes de Almanzor con sus espigados y gallardos portes, los españoles y españolas seríamos todos como Beatriz Carvajal y Raúl Sender. Y eso sí que no es plan.
PERO
hay algo que todos los historiadores del arte coinciden en señalar como el gran logro de Goya en esta pintura que representa los fusilamientos de los guerrilleros españoles a manos de los franceses tal día como hoy hace 204 años, y es el uso de la luz.


Frankie puso ese farolazo en medio de la composición para añadirle dramatismo a la escena, hacer visibles los muertos que yacen en el suelo y cederle todo el protagonismo al hombre de la blanquísima camisa que estaba a punto de fenecer.
O sea que verle, se le ve estupendamente. Y es negro.



Fijaos en las demás caras que aparecen en el cuadro

 Fiambre

 Friolero

Prognante

Como podéis observar no se trata de una cuestión de luz sino de un asunto de rasgos. Y con respecto a los rasgos, el Milodón, que se ha estado documentando para escribir esto, no ha encontrado ni una sola alusión en todos los análisis que hay del cuadro de Goya y Lucientes.

Ahora fijaos de nuevo en este cuadro


Al igual que Los Fusilamientos de Goya, esta pintura está en uno de los museos más visitados de la ciudad. Oficiosamente podríamos decir que es propiedad de Tita Cervera, porque pende de las paredes del Thyssen Bornemisza.
Es obra de Gilbert Stuart, el retratista que es también autor de 'The Athenaeum', la faz de George Washigton que aparece en todos los billetes de dólar que hay en el mundo (tanto los que están en circulación, como los que tienen guardados los chinos).



"Gracias por la información, Milodón, pero ¿podemos volver a lo del señor negro?"

Antes volvamos al retrato del señor, también negro, que va vestido de cocinero.
¿Quién es ese hombre que nos mira con expresión afable desde las paredes de Chez Cervera?
Se llamaba Hércules. Y fue muy buena parte de su vida cocinero del primer presidente de los Estados Unidos.
Hércules era un esclavo que había nacido ya esclavo en la plantación de Mount Vernon. Mount Vernon era una finca preciosa a las orillas del río Potomac, en la que se cultivaba tabaco y que fue Residencia Presidencial oficial en la protohistoria de U.S.A.


Aunque veáis esta estampa tan bucólica del lugar, no os llaméis a engaño: los niños de las fábricas del Manchester de la Revolución Industrial eran funcionarios del Ministerio de Administraciones Públicas al lado de los pobres esclavos que trabajaban aquí.

Pero Hércules, gracias a su talento para la cocina, consiguió librarse. De hecho, él fue uno de los nueve esclavos que George W. eligió para llevarse a Philadelphia el año que en esa ciudad -por entonces capital de las Trece Colonias- se gestaba la famosa constitución de 1787.
Hércules le preparaba al President tortitas con sirope, pastas de maíz con miel, pescado a la sal enterrado bajo torreznos de cerdo y salsa de huevo con mantequilla (este menú existió) y a Georgie se le hacía el culo butter. Y eso que dicen las malas lenguas que el tío W. tenía el paladar un poco atrofiado; que el que era de verdad un sibarita era Tomas Jefferson, que había vivido mucho tiempo con un cargo diplomático en París y se había acostumbrado a las gourmandises de ese país vecino que tan alegremente fusiló tal noche como hoy hace 204 años al señor de arriba del todo.

Un cátering excelente, Señor Presidente

El caso es que Hercules se fue a Philadelphia porque el Presidente se lo pidió de muy buenas maneras, sin recordarle en ningún momento que en siendo esclavo no se podía negar.
Y allí consiguió que se le concediesen ciertos privilegios: se le permitía vender las sobras de la cocina, lo que le suponía unos ingresos de 200 dólares anuales (parecer ser que eso es lo que hubiese cobrado un cocinero blanco de la época), se le dejaba pasear libremente por las calles de la ciudad y además se le permitía hacerlo como un pincel, con blanquísimas ropas de lino, que eran la envidia de todo Philly.

Se observa que Hércules, a pesar de los privilegios que poseía, no tenía dos cosas: ni un pelo de tonto ni buen conformar. Así que, suponemos que envalentonado por las dulcísimas promesas que el mundo le había hecho en sus ensayos generales como hombre libre, intentó escaparse. 'Que le den por el culo a vender fruta mazada, que le den por culo al lino blanco y que le den por culo al Presidente: yo quiero tomarme unos chatos sin toque de queda', debió de pensar Hércules el primer día que intentó escaparse.
Le pillaron.


Y el precio que hubo de pagar por su cagada fue caro: le llevaron de vuelta a Mount Vernon, le pusieron a sacar arcilla para 100.000 ladrillos que se convertirían en casas, a convertir piedras en arena que se usarían para remozar esas viviendas y a esparcir fango por explanadas que habían de ser finalmente porches magníficos para las pijas de Virginia. A Washington le gustaban los guisos de  Hércules, pero más le gustaba dejar claro quién mandaba.
El cocinero estuvo haciendo trabajos forzados por tiempo indefinido.

La mañana del 22 de febrero de 1797 el domicilio del presidente era un guirigay de criados que iban y venían como locos de aquí para allá para ultimar los detalles de una gran fiesta.
El 65 cumpleaños de George Washington.
Todos los detalles estaban atados y bien atados: los adornos florales, la disposición de las mesas, la orquesta de cámara, los uniformes del servicio. Pero faltaba un buen cocinero.

¿Y a quién fueron a llamar?

'Marchó'

Pues claro.
A Hércules.

Pero Hércules se había escapado de nuevo.
Y esta vez no le pillaron.
Happy Birthday, dear President.

Sobre su paradero poco más se supo.
En 1801 Martha Washington (ya viuda) se enteró de que habían visto a su chef en el puerto de Nueva York dirigiéndose a la Vieja Europa.
Atravesar el charco sería un pequeña hazaña comparada con lo que había hecho para ser libre.

"Escaping Mount Vernon was no small feat. The estate where Washington's mansion overlooks the Potomac was an 8,000-acre plantation encompassing five farms with at least 316 slaves. And the dreary weather that February was bone-chillingly damp, according to farm reports, alternating between rainy 40-degree days and snow at night".


Madrecita.
Fue una noche desapacible y muy larga la del 22 de febrero de 1797. 
Como las que este mayo de 2012 nos está regalando.

Los estudiosos de la obra de Gilbert Stuart dicen que el recorrido que el retrato de Hércules hizo para llegar al Thyssen podría dar pistas sobre el destino final de Hércules. 
Los estudiosos de la obra de Goya aún no han explicado por qué ese señor vestido de blanquísimo lino que aparece en el centro de la obra más célebre del  genial-pintor-aragonés es negro.
¿Qué estaría haciendo el cocinero de Washington la fría noche del 3 de mayo de 1808?


Bonito, pero impreciso