lunes, 8 de agosto de 2011

Una oración en el Instituto de Empresa (#Ratzinger Riots)



Las dos máquinas de generación y promoción del miedo más poderosas que existen en el mundo occidental contemporáneo se llaman iglesia católica y sistema capitalista.

Y luego está la Hammer.
Pero sed sinceros.
A vosotros qué os da más miedo, ¿la cara de Vincent Price o la del papa Ratzinger?


Todo el mundo sabe que el instrumento de control y coacción más poderoso que existe es el miedo. Pocas cosas hay más paralizantes.

Algunos miedos son personales e intransferibles, producto de shocks emocionales íntimos vividos en momentos remotos de nuestra existencia. Por ejemplo al Milodón le entra muchísimo canguelo cuando piensa en estatuas neoclásicas rodeadas de agua.

-Un momento, Myler. Pero entonces, ¿eso significa que a ti, ese majeritófilo empedernido, te da mal rollo el símbolo madrileño por excelencia?.

- Sí, amigos. ¡Imaginaos el drama! El plantígrado antediluviano, incansable promotor de la causa capitalina, devorador insaciable de madroños, se muere de desazón cuando mira cara a cara a la musa madrileña por excelencia.


El origen de esta fobia al binomio canon griego + florituras acuáticas podría estar en una excursión en quinto de EGB del Colegio Diocesano San Ignacio a la Granja de San Ildefonso mal digerida. O vaya usted a saber.


El caso es que los miedos individuales son jodidos porque, o bien son producto de azar (no podemos culpar de ellos a nadie), o bien nos los inculcan personas a las que amamos, admiramos o respetamos (y es de muy mal gusto señalar con un dedo acusador a alguien de nuestra propia sangre o a un amigo). Pero cuando uno detecta el mecanismo que hace funcionar ese miedo, puede intentar desmontarlo. En el diván de un psicólogo o a hachazos. Preguntadle a Norman Bates qué método prefirió él.

Algunos miedos, en cambio, son colectivos.
Forman parte del acervo cultural popular, como los villancicos.
Se construyen en prolongadísimos periodos de tiempo mediante complejos sistemas de manipulación y coerción psicológica. No es que sean mucho más sofisticados que los miedos individuales: en la playa, la madre del Milodón, para hacerle asociar el concepto no guardar el tiempo de digestión con la palabra muerte, usó el mismo método que su profesor de latín empleó para hacerle relacionar el concepto aborto con la palabra asesinato. La insistencia machacona.




Pero la manipulación psicológica que inculca los miedos colectivos, a saber,

el miedo a no ser querido (por no poseer un coche, por no vivir en una casa propia, por no casarse y tener una familia, por no ser ser guapo, por ver porno...)

el miedo a no tener dinero (sin el que no se puede comprar un coche, hipotecarse para una casa casa, pagar un ágape nupcial y criar unos hijos, arreglarse con ropas finas, pagar la conexión a Internet para ver porno)


el miedo a perder el trabajo (sin el que no se puede tener dinero)


el miedo a no poder amparar a nuestros seres queridos (al no tener un trabajo)


el miedo a no ocupar un lugar en el mundo (por no ser querido, por no tener un trabajo, por no tener dinero, por haber haber desatendido a nuestros seres queridos)


el miedo a arder en el infierno (por haberlo hecho todo mal)


nace de instituciones de las que depende

nuestro trabajo

nuestro prestigio social

nuestra identidad en el mundo

o sea

las grandes empresas

los bancos

las instituciones del Estado

la iglesia


Intentar eliminar la raíz de los temores es prácticamente imposible.
Porque quienes generan el miedo son precisamente

las empresas que nos dan trabajo,

el sistema económico/financiero del que formamos parte,


el gobierno que lo ampara


y las instituciones religiosas que legitiman moralmente todo el despropósito.


Y a ver quién es el guapo de cara que las hace volar por los aires.



El miedo que a nosotros nos paraliza es la fuerza a ellos les protege de los cambios.

Alguna gente mitiga el miedo rezando.

¿Quién puede culparles?
En las iglesias al menos no hay publicidad de las grandes corporaciones multinacionales, el silencio deja pensar y uno siente la seguridad transitoria del que llega a 'Casa' en el Juego de la Oca.

¿Milodón, qué lugar me recomiendas para rezar en Madrid? Le preguntan con altísima frecuencia al plantígrado, su gran cantidad de amigos devotos y cristianos.
Y la respuesta es siempre la misma:
En el cruce de la calle María de Molina con Serrano, donde el Rodeo Drive de la capital se convierte en zona residencial, está el Instituto de Empresa, la escuela donde desde hace décadas se forman los ejecutivos españoles del futuro.



Justo detrás el edificio del IE, subiendo la calle hacia el instituto Ramiro de Maeztu, una puerta abierta de forma muy discreta sobre uno de los cierres laterales del Instituto lleva hacia un santuario que uno sólo encuentra subiendo unas sinuosas escaleras que a su vez conducen a un promontorio lleno de vegetación (en plena calle Serrano, en pleno patio trasero del Instituto de Empresa).
Al fondo de un sendero, entre árboles frondosos, hay un pequeño santuario que parece una iglesia alpina, de esas tipo Sonrisas y Lágrimas.




Es el Santuario de Nuestra Señora de Schoensttat.
Pertenece al Movimiento Apostólico de Schoensttat, fundado en 1914 por José Kentenich, un señor de bien que, como la ejemplar familia Von Trapp fue perseguido por los nazis.
Aunque él no pudo escapar a través de las montañas y acabó en en campo de concentración de Dachau.

A este santuario, poco transitado, va el Milodón mucho porque le recuerda al Parador de Soria.

Y porque le encanta ver allí a los estudiantes de Masters of Business Administration del IE (que están buenísimos) extendiendo sus plegarias.
Rezan.
Por la prima de riesgo, por la productividad, por la deuda externa, por la triple AAA, por el Banco Europeo, por el Fondo Monetario Internacional, por la gloria de Margareth Thatcher, Ben Bernanke y la de George Soros.

Rezan. Rezan mucho.


Y a lo mejor también rezan por lo que han visto en los últimos días:
que quienes no tienen
ni casas
ni coches
ni hipotecas
ni modales
ni formación
ni familias estructuradas
ni dinero
ni trabajo
ni prestigio social
ni un lugar en el mundo
no le deben nada
ni al sistema económico, del que apenas forman parte,
ni al gobierno que ampara a ese sistema, que les ha abandonado a su suerte,
ni a las instituciones religiosas, que ya no ejerce autoridad moral.

Esa gente, que no tiene,
ni expectativas
ni futuro
ni nada que perder
tampoco tienen miedo a reventarlo todo por los aires.

¡Felices Jornadas Mundiales de la Juventud!




4 comentarios:

  1. Guauuuu! Incendiario! Fuck Praxiteles! Shock to the system!
    Enorme!
    Lo Enemigos en una canción acolloante decía "Sólo me dan miedo las monjas, el agua y los niños" http://www.youtube.com/watch?v=P_Un8IowvWc

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  2. La verdad es que este blog da gusto verlo y leerlo, incluso si uno va poco por Madrid.

    Sin pretender tener la misma capacidad, ahí os dejo un post del mío sobre algunos de estos mismos asuntos, por si pudiese tener algún interés: http://gallota.com/2011/08/07/jmja

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  3. Pues hija, a mí lo que me da muchísimo miedo, horror terror y pavor es la Regent Street de Londres, pero sólo en el cacho en el que da la curva y sólo si voy por la acera izquierda mirando desde Piccadilly Circus.
    Lo que pasa es que por alguna razón, no soy capaz de ir por el lado derecho. Ya ves tú qué parida de único miedo irracional...

    Por lo demás, grandísimo post.

    Oye, cómo llevas la vuelta? Mañana por la noche me voy yo pallá, y me parece que va a ser el crujir de huesos y el rechinar de dientes... me lo veo venir, y eso que no tengo que pasar por Regent Street.

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  4. Miss Amanda! Qué bien entiendo esos pavores. Hay varios lugares en Londres que a mi me provocan esa desazón: la calle en la que está el teatro Sadler's Wells... argghh!

    La vuelta la llevo fatal. Pero ya es clásico. Es el tercer año que siento esta angustia existencial extrema agostí y ya no me asusto...


    Muchísimo ánimo con tu regreso! Y un beso, me encantó conocerte!

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