domingo, 21 de agosto de 2011

"Tú eres Pedro"

Cine, cine, cine, cine. Más cine por favor... (pero no como el mío últimamente, gracias)

La noche antes de ser coronado como el nuevo pontífice del orbe católico, el Cardenal Leone (Leo McKern) le dice eso al futuro Papa Cirilo I (Anthony Queen).
"Tú eres Pedro".

La película está ambientada en los años sesenta, en plena guerra fría. El jefe en ciernes de la iglesia católica, después de reunirse en secreto con el presidente Chino, cuyo país atraviesa una hambruna asesina, entra en crisis porque se da cuenta de la terrible contradicción: está a punto de empezar a presidir el consejo de administración de una de las compañías multinacionales que más dinero factura del planeta, pero ha de seguir vendiendo a todo el mundo que la caridad es el principio que rige sus operaciones.
Cirilo está acojonado.
Primero porque su fuerte sentido de la ética le dice que no puede representar semejante obra de teatro frente al mundo. Segundo porque las estancias papales, que acaba de ocupar, no son muy acogedoras (tienen los techos muy altos, cuando uno habla hace mucho eco, en las paredes no hay tapetes de ganchillo que ponen Home Sweet Home, sino cuadros con escenas bastante malrolleras...) y los cardenales le miran regu.








Ahí es cuando el veterano y gordecho Leone, severo y revirau pero en el fondo compasivo y majo (sólo está falto de cariño), le explica a Cirilo que antes que a él ha visto a otros tres hombres ocupar la posición que está a punto de tomar.
Le advierte que la carrera que le ha tocado es la de un ultrafondista.
Que él es Petrus, el sucesor del Apóstol Pedro, el representante de Dios en la tierra.
Uno. Individual. Sólo. Solo.
Y que aunque la soledad es dura, a joderse tocan.


En la película no se aclara qué hace Cirilo al quedarse solo. Pero a tenor de la decisión que toma al día siguiente, parece que llamó a un camello y se metió un chute.
Porque la mañana de su coronación, poniéndose por montera la opinión del resto de la curia y todo el establishment implicado, anuncia al mundo la enajenación de los bienes materiales de la Iglesia Católica para paliar el hambre del pueblo chino.
Y en un gesto simbólico, renuncia a vestir la tiara que le acaba de ser impuesta.

Las multitudes concentradas en la Plaza de San Pedro se vuelven locatis.
¿De alegría?
Tal vez. Quién sabe. Al fin y al cabo, las masas se vuelven siempre locatis. Ya sea en la coronación de Cirilo, en el Primavera Sound o en la llegada de la Selección Española a Barajas.

En los dos primeros días de esta locura colectiva que acaba de tener lugar en Madrid llamada Jornadas Mundiales de la Juventud, al Milodón le resultaba extremadamente difícil no dejarse contagiar por la euforia de estas masas enfervorecidas.


Formadas en buena parte por adolescentes o veinteañeros lozanos de diferentes nacionalidades, eran en muchas ocasiones un regalo para la vista.
Especialmente reseñables le parecen a este plantígrado los scouts americanos y los catequistas alemanes. Colorete, rubor, pecas y músculos. Quién da más.
Con sus cánticos constantes, su batir de palmas y sus miradas limpias, nos hacían sentir culpables a los esclavos de la mezquindad capitalina, que empezábamos a mirar a nuestro alrededor con la sensación de estarnos perdiendo algo muy bueno.
Mientras nosotros salíamos de nuestras grises oficinas, con los males crónicos del trabajador contemporáneo cargados sobre las chepas (el estrés, la ambición, la envidia, la precariedad...) , ellos llevaban sobre sus espaldas esa mochila fabulosa que parecía contener la fórmula de una felicidad genuina y despreocupada. Un pasaje a un mundo bienintencionado donde todos son hermanos que te tienden su mano.



Al tercer día de encontrarse por todas partes rebaños de niñas macizas y críos buenorros, chillones y malolientes, pastoreados por señores con alzacuellos en las calles de una metrópoli de tres millones de habitantes semivacía (en pleno agosto, los inquilinos de la ciudad huyen despavoridos a sus destinos vacacionales) con los servicios de tranporte públicos completamente inutilizados, puestos al servicio de un millón de invasores, uno ya no quería ni molestarse en comprender el por qué de tanta euforia.

La sensación era la de encontrarse entre zombis.



Y no está el Milodón intentando sugerir que los peregrinos de las Jornadas Mundiales de la Juventud fuesen seres teleprogramados con el cerebro seco que caminaban en procesión hacia un punto indeterminado.

Sólo intenta decir que el ciudadano individual, la persona, se sentía extrañada del mundo, sin formar parte de esas nubes de gente que se movían sobre el asfalto como bandadas de estorninos desquiciados.
La sensación del ciudadano individual que no formaba parte de los enormes grupos en comunión ideológica y espiritual que habían tomado las avenidas de Madrid, era la de Richard Kimball en El Fugitivo o la de Rick Deckard en Blade Runner: soledad abismal frente a un mundo hostil. Desprotección absoluta ante un despropósito.

A la altura del viernes, a la una de la mañana, la cosa se estaba poniendo tan cinematográfica -calores propios de Lawrence de Arabia, desmantelamiento urbano a lo 28 días después- que el Milodón decidió quedarse encerrado en casa el resto del fin de semana viendo películas. Y no es que la televisión no estuviese también tomada (ha habido momentos de surrealismo en Telemadrid que dejaban La Vida de Bryan a la altura del betún), pero siempre nos quedará La Sexta 3 -lo mejor que ha pasado en nuestras pantallas desde Plàstic-.

Gracias por Fumar - Aaron Eckhart encarnando al portavoz del lobby estadounidense el tabaco.
La Misión - Jeremy Irons y Robert de Niro haciendo de jesuitas cachondones.
Los 4oo golpes - Truffaut filmando el travelling más fabuloso de la historia del celuloide (y los Cines Verdi programando el mejor ciclo del verano).
El Príncipe de las Mareas - Nick Nolte diciendo 'Lowenstein'.
La Huella - Lawrence Olivier dándole una paliza interpretativa a Michael Caine. Y viceversa.

Y, por supuesto, Las Sandalias del Pescador (ésta la programaron en Intereconomía).
Anthony Queen encarnando, en una fábula moralizante a lo Disney, al papa ruso que se atrevió a pensar por sí mismo.

Este fin de semana todos (menos el papa y su masa) éramos Pedro.




4 comentarios:

  1. Cuánta razón que comparto totalmente.

    Pero estoy lleno de gozo. Ha sido una semana muy larga. Una semana en la que se nos ha puesto a prueba y que nos ha servido de redención. Los madrileños nos hemos ganado el cielo. Seguro.

    De Madriz al cielo, ahora si que si.

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  2. Pardiez, qué miedito da Almodóvar en esa foto...;-)... tiene un toque muy "Doc" de "Regreso al futuro"...

    Anónima Matritense

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  3. Cine, cine, cine, cine. Más cine por favor... (pero no como el mío últimamente, gracias) Jojojoo

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  4. YO VI TAMBIÉN EL PRÍNCIPE DE LAS MAREAS! jajajaj!
    Aunque a veces me estrese la streisan y me parezca la rosa montero de la tierra yanqui (ellas siempre las más estupendas e inteligentes, 'los hombres no saben lo que hacen...').
    La sexta3 rules!
    Aquí Mate disfrazado de anónimo.

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