miércoles, 6 de abril de 2011

Liebe Macht Frei (o la primavera la sangre altera)


Yupiii!


"Durante bastante tiempo, el recurso a lo amoroso funcionó como un artefacto ideológico perfectamente engrasado. Por un lado, estaba claro que el amor ofrece al individuo la posibilidad de una experiencia extraordinaria, de una intensidad inusitada. Merced a la pasión amorosa, los enamorados siempre han creído acceder a dimensiones desconocidas de sí mismos, conocer estratos de su ser que permanecían ocultos a su propia mirada, y de tales descubrimientos han extraído la fuerza para enfrentarse a la realidad con una energía y un valor impensables en circunstancias normales. Quien ama, diría un castizo, está dispuesto a ponerse el mundo por montera, a hacer saltar por los aires cualquier convención, norma o costumbre, por más arraigada en la tradición o en los usos establecidos que pudiera encontrarse. Pero, por otro, ese caudal en apariencia irrefrenable de vida acababa, invariablemente y casi sin excepciones, discurriendo por un cauce institucional inequívoco.

En su exageración tópica, el "fueron felices y comieron perdices" señalaba, con escaso disimulo, el signo de la operación ideológica: hacer creer a los individuos que eran irrestrictamente libres (en algunos casos, incluso rabiosos impugnadores del orden existente) para mejor terminar sometiéndolos a los designios preestablecidos. No hay duda de la eficacia de la operación: con un candor digno de mejor causa, a lo largo de la historia los enamorados han insistido en la idea de que esa experiencia -casi tan vieja como la misma humanidad- con ellos adquiría una dimensión nueva, insólita, y que donde durante tanto tiempo hubo instrumentalización para el dominio y el control, ahora -siempre con ellos, tan candorosamente fundacionales, tan ingenuamente inaugurales- habría oportunidad para edificar, de nueva planta, una realidad radicalmente otra. Cumplían de este modo, sin saberlo, el diagnóstico que Spinoza dejó escrito en su Ética: "Los hombres se equivocan al creerse libres, opinión que obedece al solo hecho de que son conscientes de sus acciones e ignorantes de las causas que las determinan".

La cosa funcionaba sin mayores problemas mientras una robusta estructura social e institucional proporcionaba una eficaz cobertura a la operación. Sin duda, había dentro del matrimonio mucha menos felicidad de la que se le había hecho creer a la gente pero, como contrapartida, fuera de él sólo quedaban soledad y tristeza (hacerse mayor sin haber conseguido tener una pareja era casi el paradigma del fracaso personal). De hecho, tan bien funcionaba el dispositivo que incluso se podían permitir retoques al mismo para ir adecuando su funcionamiento a las nuevas circunstancias.

Se recordará que, frente a quienes, desde posiciones conservadoras miopes, consideraban el divorcio como el principio del fin de la institución matrimonial, Bertrand Russell ya observaba que nadie cree más en el matrimonio que el que se divorcia, precisamente porque lo que acredita con su actitud es que confía tanto en la institución que está dispuesto a contraer matrimonio de nuevo las veces que haga falta y piensa más bien que hasta el momento quien ha fallado ha sido él, equivocándose en la elección de pareja. Pero hete aquí que la posmodernidad -y la sociedad de consumo, de la que constituye su reverso en la esfera de lo imaginario- ha venido a hacer saltar por los aires este esquema. Las formas institucionales heredadas, incluso las ya flexibilizadas, pasaron a ser a partir de un determinado momento un obstáculo para el flujo de unas presuntas existencias líquidas que debían acomodarse sin resistencia a las permanentes mutaciones de lo real, adoptando sus cambiantes formas.

Las relaciones amorosas viraron hacia una creciente volatilidad y, a título de significativo ejemplo, la expresión el amor de mi vida dejó paso -tal vez como anticipo de su definitiva desaparición- a la expresión el amor de este momento de mi vida, momento, por cierto, cada vez más fugaz. También algunos de los daños colaterales que semejante mudanza ha ido causando en los individuos podemos reconocerlos sin dificultad sobre la superficie de su lenguaje. Cualquiera puede constatar que continúan siendo de buen tono afirmaciones del tipo de "bueno, es que en el fondo yo soy un poco romántico" (donde "romántico" también se puede sustituir por "cursi", si se prefiere). Tales afirmaciones conservan un cierto aire de familia con aquellas otras del estilo de "yo es que para estas cosas -no hace falta especificar cuáles, que ya sé en lo que andan ustedes pensando- soy muy clásico". Todas ellas dan a entender, buscando la inequívoca complicidad del interlocutor, que, aunque con toda probabilidad el modelo anterior (romántico, cursi o clásico) haya entrado en irreversible crisis, no hemos sido capaces de dar con alternativa alguna suficientemente satisfactoria, y lamentamos más las dificultades para materializarlo que el modelo en sí mismo -en buena medida perdido a nuestro pesar-.

Con otras palabras, da la sensación de que, en el fondo, lo que muchas personas todavía piensan podría formularse así: "No me puedo creer, por irreal, sueños como el de la media naranja, pero, si verdaderamente existiera, ¡por supuesto que lo continuaría prefiriendo por encima de cualquier otra alternativa!". Qué lejos queda el diagnóstico habermasiano de hace pocas décadas, según el cual las utopías habían emigrado del mundo del trabajo al mundo de la vida. Piadosos deseos, vemos ahora, que se han revelado completamente ilusorios. Lo que realmente se ha producido es, recurriendo al título de la famosa novela de Michel Houellebecq, una ampliación del campo de batalla. El capitalismo actual involucra la vida entera y su máxima de consumo lo es también para emociones y sentimientos, que han pasado a ser una mercancía más y, por tanto, susceptible de obsolescencia y caducidad (amén de banalidad), igual que las relaciones personales han devenido ocasión para la transacción y el dominio.

No son, pues, los actuales los mejores tiempos para la experiencia amorosa, pero acaso sea ésta el último lugar que nos queda para cobijarnos, cuando la dureza del mundo exterior parece estar llegando a su paroxismo. O si prefieren otra formulación de la misma cruel paradoja: estamos a punto de quedarnos sin amor precisamente cuando más lo necesitábamos. Y nos lo van a arrebatar con el mismo argumento con el que nos lo arrebatan todo: en nombre de la libertad. Como ocurre en otras esferas de la existencia humana -especialmente en la económica, como la presente crisis está mostrando con lacerante evidencia-, cuando el orden capitalista nos promete libertad, adonde realmente nos está arrojando es al más absoluto desamparo. Sé que es hablar desde la última trinchera, pero desconfíen de todas esas propuestas que, revestidas con los ropajes de la autoayuda, se obstinan en introducir lenguajes y categorías de resonancias clínicas para tratar la experiencia amorosa. Apuntan con ello, inequívocamente, a la liquidación definitiva de lo que para el nuevo orden parece haberse convertido en un engorroso, por disfuncional, asunto (el amor, claro).

Recelen de quienes, siempre por su bien, intentan convencerles de que deben combatir la dependencia afectiva, como si fuera pensable un amor que no la incluyera. El día en que consiguieran ustedes derrotarla por completo disfrutarían de una perfecta libertad sin riesgo, experimentarían la misma serena ataraxia que un anestesiado, habrían alcanzado el impecable equilibrio del que no conoce el dolor por la ausencia del ser amado ni la felicidad sin límite ante su mera presencia. Llegados a este punto, no se me ocurre mejor argumento que una pregunta: ¿les interesa semejante plan?"

Manuel Cruz. Leído en el suplemeto Babelia de El País el pasado sábado.

5 comentarios:

  1. Ío también lo leí.

    "Recelen de quienes, siempre por su bien, intentan convencerles de que deben combatir la dependencia afectiva, ¡como si fuera posible un amor que no la incluyera!

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  2. Muy bueno, Milodón! Muy acertado... en fin, me ha costado pasar de la fiebre en las gradas a esta nueva entrada, pero eso es lo que tiene el Milodón: que cubre todo el espectro de la actualidad ;-)))!
    Grande, as ever!

    Anónima Matritense

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  3. Pues me ha encantado. Pensaba que era tuyo y estaba flipando y pensando por qué no escribirías en algún sitio más... remunerado? XD
    Es que ese rollo autoayudesco de que "la felicidad no depende de nadie más que de ti mismo" es una patraña que nos intentan vender y que no hay por dónde cogerla. Claro que depende de los demás, y depende mucho de las relaciones afectivas, estaríamos buenos si no! Ya lo decía yo aquí, lo que pasa es que no tan bien como este señor:
    http://misssamandajones.blogspot.com/2010/09/cuanto-mal.html

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  4. Tendré que empezar a escribir en un sitio más remunerado...

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