miércoles, 27 de abril de 2011

Churchill y el Duque de Alba en la Noche de los Libros

Mirada acero azul.





Seguramente muchos de vosotros no sabíais que a Churchill le dieron el Premio Nobel de Literatura en 1953.
El Milodón se enteró hace dos sábados, visitando un timo de exposición que estará en la antigua fábrica de cervezas El Águila, en Delicias (también conocida como Biblioteca Joaquín Leguina) hasta el 5 de junio.



Es la segunda vez que este plantígrado antediluviano va a este mismo emplazamiento a visitar un exposición en la que se supone que ofrecen un completo perfil sobre una figura histórica y se encuentra con una mierda pinchada en un palo. La anterior decepción giraba en torno a Carlos III. Esta vez en torno a uno de los estadistas, estrategas y "escritores" más célebres del siglo XX.


En la exposición de Carlos III el Milodón sacó en limpio que al alcalde de Madrid por antonomasia le gustaba mucho cazar pero odiaba la música. En la exposición de Churchill -compuesta de apenas quince paneles explicativos y algunas cartas originales- el Milodón se enteró de que el Duque de Alba (padre, por cierto, de la Duquesa Cayetana) era uno de los grandes amigos españoles de este ilustre (y obeso) Ministro de Defensa (previamente de Economía), miembro de la Casa Spencer (la misma a la que, por otro lado, pertenecía Lady Di) que durante la Segunda Guerra Mundial elevó la moral de sus tropas con encendidos discursos (que tiempo después le valdrían el Nobel).



Churchill y el Duque de Alba antes de jugar un partido de polo en la Casa de Campo de Madrid en 1914.




El Duque de Alba desempeñó por supuesto una concienzuda labor de zapa ideológica con Winston Churchill, a quien convenció de que el gobierno de la Segunda República estaba formado por una panda de inútiles al servicio de los intereses de la conspiración internacional comunista.
A Churchill, conservador y liberal hasta el tuétano -las medidas que tomó durante su primera etapa en el Gobierno británico como ministro de economía son comparadas en esta exposición con las que más tarde pondría en marcha Margaret Thatcher-, escuchar la palabra "comunismo" le producía escozor, picores y malestar; así que el Duque de Alba no necesitó muchas maniobras de persuasión para conseguir que Churchill hablase fatal en la prensa internacional de las cosas que pasaban en este país antes de que estallase la Guerra Civil.
Tan mal, que Niceto Alcalá-Zamora, presidente de la República en 1936 le escribió -una carta muy sentidiña- para invitarle a venir a España a comprobar personalmente que la cosa no estaba tan como se la habían pintado sus amigos aristócratas.



Algunos fragmentos de la correspondencia que Churchill mantuvo con la otra España están en esta exposición, dispuestos de una forma muy triste y pobre, apenas contextualizados. No olvidemos que estamos en el país en el que el barco en el que Franco salía a pescar atunes, el Azor, se ha convertido en el reclamo turístico de un motel de carretera (Bigas Luna, chúpate esa). ¿Rigor documental y respeto a la memoria histórica? Thank you, but no thank you.



Love Boat



Churchill nunca acudió a la llamada de Alcalá-Zamora. A lo largo de la Guerra Civil, su opinión (la de Churchill) y escepticismo frente a la causa roja fue crucial para la postura de neutralidad que adoptaría la comunidad internacional. Cuando la contienda terminó, el Duque de Alba, fue nombrado embajador en Londres. Eso explica, entre otras muchas cosas, que Cayetana Peloslocos se criase los primeros años de su vida en la Pérfida Albión.



Mayfair Lady

Según se cuenta y se documenta con imágenes, que el Milodón no ha conseguido encontrar para mostraros, en la exposición de la antigua fábrica de cervezas El Águila, después de la victoria británica en la Segunda Guerra Mundial, Churchill recibió en su casa la cabeza disecada de un toro con una V grabada en su frente. ¿Quién se la mandaba? Un torero español llamado Manolete. Olé sus huevos.



¿No ardéis en deseos de ver esta película?



Que Churchill recibiese el Premio Nobel de Literatura no habla necesariamente de su altura como escritor. Y si no que se lo pregunten a Kissinger, que recibió el de la Paz (no es broma) en 1973.
Podéis dar cuenta de sus dotes (las de Churchill) como arenguista clicando en este link que os llevará a los discursos más importantes que pronunció en el transcurso de la Guerra que le hizo célebre. La verdad es que es bastante sobrecogedor escucharle pronunciar el nombre "Hitler" reiteradamente (con esa dicción de bulldog tan característica).

También podéis escuchar cómo dice "We shall never surrender" en este impresionante anuncio, que resume los últimos 125 años de historia del Reino Unido y que, por cierto, es un all time favourite milodoniano.









Y hoy que se celebra en Madrid La Noche de los Libros, este plantígrado antediluviano os deja aquí un relato corto que Winston Leonard Spencer Churchill escribió en 1898.

Ese año, en España llorábamos por nuestro desastre colonial; él andaba haciendo sus pinitos como militar precisamente en la Guerra de Cuba.



Podéis ahorraros el paseo hasta la antigua fábrica de cervezas El Águila en Delicias, pero no podéis dejar de leer la prueba definitiva de que, efectivamente, Churchill era un grandísimo escritor.
______________







¡Hombre al agua!

Traducción: Javier Marías. Extraído de Cuentos Únicos.

Fue poco después de las nueve y media cuando el hombre cayó por la borda.
El vapor correo avanzaba a toda velocidad por el Mar Rojo en la esperanza de recuperar el tiempo que las corrientes del Océano Índico le habían robado. La noche era clara, aunque la luna estaba oculta por las nubes. El aire cálido estaba cargado de humedad. La tranquila superficie de las aguas se veía quebrada tan sólo por la marcha del gran barco, desde cuya aleta las altas y sesgadas ondas salían disparadas como las plumas del astil de una flecha, y en cuya estela las burbujas de espuma y aire levantadas por la hélice formaban un reguero que se iba estrechando hacia la oscuridad del horizonte.
Había un concierto de bordo.
Todos los pasajeros se alegraban de romper la monotonía del viaje y se agrupaban en torno al piano en el salón al final del tambucho. Las cubiertas estaban desiertas. El hombre había estado escuchando la música y acompañando las canciones, pero hacía calor en la habitación y salió a fumar un cigarrillo y a disfrutar de una bocana del aire que levantaba el rápido paso del barco. Era el único aire que levantaba el rápido paso del barco. Era el unico aire de todo el Mar Rojo aquella noche.
La escala real no se había quitado después de dejar Aden, y el hombre salió a la plataforma, como si lo hiciera a un balcón. Apoyó la espalda contra la barandilla y lanzó una bocanada de humo al aire reflexivamente. El piano atacó una vivaz melodía y una voz empezó a cantar el primer verso de "Los Chicos Camorristas". Las acompasadas vibraciones de la hélice eran un amortiguado acompañamiento añadido.

El hombre conocía la canción; había hecho furor en todos los teatros de variedades cuando él había partido para la India siete año antes. Le traía a la memoria la s resplandecientes y bulliciosas calles que no había visto durante tanto tiempo, pero que pronto iba a volver a ver. Se disponía a acompañar el estribillo cuando la barandilla, que había quedado mal sujeta, cedió de pronto con un chasquido y él cayó de espaldas a la templada agua del mar en medio de una ruidosa zambullida.
Durante un segundo su aturdimiento físico fue demasiado grande para pensar. Luego se dio cuenta de que debía gritar. Empezó a hacerlo antes incluso de salir a la superficie. Logró un chillido ronco, inarticulado, medio ahogado. Un cerebro asustado sugirió la palabra, "Socorro", y él la berreó con fuerza, en un frenético esfuerzo, seis o siete veces sin parar.

Luego oyó:

¡Vamos! ¡Vamos!
Abrid paso a los Chicos Camorristas
.

El estribillo le llegó flotando a través del agua calma porque el barco ya había pasado completamente de largo. Y al oír la música una honda puñalada de terror le traspasó el corazón.
Por primera vez su conciencia alumbró la posibilidad de que no lo recogieran. El estribillo empezó otra vez:

Así que yo digo, chicos
¿quién quiere una buena juerga?
Rumba, timba, tunda, ronda,
¿quién quiere beber conmigo?

-¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro! -gritó el hombre, ahora con un miedo mortal.


Por aquí nos gusta un vaso,
por allá bronca y coristas.
¡Vamos! ¡Vamos! Abrid paso
a los Chicos Camorristas.

Las últimas palabras se arrastraron cada vez más débiles. El barco navegaba rápido. El comienzo del segundo verso quedó confuso y quebrado por la creciente distancia. La oscura silueta del gran casco se iba difuminando. La luz de la popa menguaba.
Entonces se echó a nadar tras ellas con furiosa energía, deteniéndose cada doce brazadas para lanzar rolongados y enloquecidos gritos. Las agitadas aguas del mar empezaron a estabilizarse y a quedar de nuevo en reposo y las amplias ondas se convirtieron en rizos. La efervescente confusión de la hélice se elevó con un burbujeo y desapareció. El ruido de la marcha y los sonidos de la vida y la música se desvanecieron. El barco no era más que una luz aislada que se iba apagando sobre la negrura de las aguas y una sombra oscura contra el más pálido cielo. Por fin el hombre cobró plena conciencia y dejó de nadar.
Estaba solo; abandonado.
Al comprender esto le dio vueltas el cerebro. Echó de nuevo a nadar, sólo que ahora en vez de gritar razó; rezos insensatos, incoherentes, las palabras tropezándose unas con otras.
De pronto una luz apareció parpadear y aclararse a lo lejos.

Una oleada de júbilo y esperanza recorrió velozmente su cerebro.Iban a parar: iban a hacer girar el barco y regresar. Y con la esperanza vino la gratitud. Su plegaria era atendida. Entrecortadas palabras de agradecimiento afloraron a sus labios. Se paró y vigiló atentamente la luz, el alma en los ojos. Según la miraba, la luz fue haciéndose gradualmente más y más pequeña. Entonces el hombre supo que su suerte estaba echada.

La desesperación sucedió a la esperanza; la gratitud dio paso a las maldiciones. Golpeando el agua con sus brazos, deliró de importencia. Prorrumpió en horribles juramentos, tan entrecortados como sus plegarias; e igualmente ignorados.
Pasó el arrebato de cólera, apremiado por el cansancio en aumento. Se quedó en silencio: en silencio como estaba el mar, pues hasta los rizos se iban aplacando en la lisa uniformidad de la superficie. Siguió nadando mecánicamente tras la estela del barco, sollozando calladamente para sí en la desdicha del miedo. Y la luz de la popa se convirtió en una mota minúscula, más amarilla pero apenas más grande que algunas de las estrellas, que relucían allí y allá entre las nubes.

Pasaron casi veinte minutos y el cansancio del hombre empezó a tornarse agotamiento. El abrumador sentido de lo inevitable lo oprimía. Con la fatiga vino un extraño consuelo: no tendría que nadar interminablemente hasta Suez. Había otro camino. Moriría. Renunciaría a su existencia, ya que había sido abandonado así. Alzó las manos impulsivamente y se hundió.
Bajó, bajó a través del agua templada. Lo asió la muerte física y empezó a ahogarse. El dolor de aquel salvaje asimiento hizo retornar su cólera. Luchó furiosamente contra él. Agitando brazos y piernas trató de volver al aire. Fue un duro combate, pero salió victorioso y jadeante a la superficie. Lo aguardaba la deseperación. Chapoteando débilmente con las manos, gimió en medio de su amarga desdicha:

-No puedo... Debo. ¡Oh, Dios! Deja que muera.


La luna, que estaba en su tercera fase, se abrió paso entre las nubes que la ocultaban y dejó caer un pálido, suave brillo por encima del mar. Vertical sobre el agua, a cincuenta yardas, había un negro objeto triangular. Era una aleta. Se le acercaba lentamente. Su última súplica había sido escuchada.

sábado, 23 de abril de 2011

FenoManel (Un libro y una rosa)

"Coo Coo Ca Choo!"

Que perdone el amigo bigotudo de arriba (Ferdinand de Saussure, ¿cómo te las apañabas para comer espaguetis?) al Milodón por esta simplificación gilipollesca de sus teorías, pero el lenguaje por si mismo no vale nada.


"Para Saussure la conexión entre el significado y el significante es arbitraria, es decir, convencional, socialmente construida. Con esto quiere decir que no hay ninguna relación intrínseca entre el sonido (significante) y el concepto (significado). La forma más evidente de comprobarlo es que en distintos idiomas un mismo concepto recibe distintos significantes (ej. árbol/tree). Por lo tanto, la conexión entre significante y significado sería producto de la interacción humana"




Hubo un tiempo en que la palabra 'aloumiño', que tanto se parece a 'aluminio' pero que en galego significa 'caricia', le provocaba mariposas ('bolboretas') en el estómago al Milodón, sobre todo si venía acompañada de la palabra 'caluga', que tanto recuerda a 'oruga', y que sin embargo significa nuca.

De la misma manera que constipation no es lo mismo que constipado, no es lo mismo "Dame aluminio, oruga" que "Hazme caricias en la nuca". Y una bolboreta no es un paño que se usa para pasar el polvo.

Ya veis, amigos. El galego, con toda su vernaculez y condición minoritaria, también tiene false friends.


La palabra Majadahonda, en si misma, no habla de familias de clase media-alta residentes en adosados o viviendas unifamiliares, ni del privilegio de una piscina (particular o compartida) en los duros meses veraniegos. ¿O sí?
Si uno escucha 'Alcobendas' piensa primero en Penélope Cruz o en una princesa de barrio que en el municipio con más renta per cápita de la Comunidad de Madrid. Pero esto último es así, gracias a que la pudiente urbanización de La Moraleja está circunscrita al municipio de Alcobendas.




Amar, edificar, servir

Cuando el Milodón llegó a la capital del reino no comprendía por qué a algunos se les hinchaba el pecho al decir que vivían en Pozuelo. Para alguien de provincias, para quien las relaciones entre los significantes y los significados capitalinos aún estaban por constuir, Pozuelo recuerda a 'Pozo del tío Raimundo' -tráfico de drogas, chabolismo, desarraigo-. Y sin embargo Pozuelo es un vivero de pendientes de perla king size y jerseys de colores pastel sobre los hombros atados con un nudo en el centro del pecho. El lugar donde se ubica la sede mundial de los legionarios de Cristo (la Iglesia de Santa María de Caná, que podéis ver arriba).


En la ciudad, el nombre de un barrio convenientemente espolvoreado en una conversación, tiene un poder más evocador y clasificador que una nómina con todo su desglose de retenciones.


Nunca se sabe dónde pueden estar las trampas clasistas del lenguaje. La madre de Kate Middleton dijo que se iba al 'toilet' en lugar de al 'loo' en medio de una conversación con gentes de bien y la lió parda.


Loo es un sustantivo, muy simpático, por cierto, que hace referencia al sitio donde se caga y se mea. Las necesidades fisiológicas, como bien se cita a menudo, no conocen clases sociales.


Los adjetivos sí las conocen. No hay partícula lingüística más clasista que los adjetivos (o los adverbios). Un adjetivo (o un adverbio) puede situar a una persona inmediatamente en el espectro social.
Si escucháis a una mamá en la puerta de un colegio decirle a otra mamá que algo le parece 'bárbaro', tendréis claro en qué barrio no estáis. Si dice 'dabuti' o 'fetén', la cosa se complica: ¿nos hayamos ante una persona de estrato social obrero o ante una pija con el vocabulario molón trasnochado?.Últimamente, el adjetivo/adverbio más de moda entre las profesionales liberales y mujeres modernas en general es 'fenomenal'.

FE NO ME NAL.

'Qué te parece la idea?' 'Uh! Fenomenal'
'Cómo está tu hermana?' 'Ah! Fenomenal'
'Qué tal os lo pasasteis?' 'Uy! Fenomenal'


Fenomenal, en vasco, gallego y catalán se dice igual: 'Fenomenal'.

En Majadahonda, en Pozuelo, en la puerta del Colegio del Pilar no están por la diversidad linguística.
El Milodón sí.

Un buen amigo milodoniano (gallego, por cierto) dice que no soporta a Manel -la banda catalana superventas- precisamente porque cantan en catalán.

Feliz día de San Jordi para él también.

domingo, 17 de abril de 2011

Semana Santa

El Milodón se va a degustar limonada. Un ritual que en su tierra es conocido como "matar judíos". El lobby que acabó con la imagen pública de Nacho Vigalondo sabrá disculpar a este plantígrado antediluviano que os deja aquí unos minutos de humor patrocinados por el Consejo Comarcal del Bierzo. Sed felices (y buenos).



jueves, 14 de abril de 2011

El Sastre del Rey



Estos días andan por Madrid los artistas ingleses Gilbert and George, conocidos, entre otras muchas cosas, por vestir siempre con trajes de tweed.


En 2007, su sastre de toda la vida se marchó a vivir al Algarve. Desde entonces no han sido capaces de encontrar a alguien que cubra sus expectativas sartorialistas.


Este señor que véis aquí arriba es Gonzalo López Larrainzar, director de López Herbón y Cía (Cedaceros, 9). Es el sastre de Juan Carlos de Borbón.

El Rey llegó a ser su cliente por recomendación de Simeón de Bulgaria, el primer monarca destronado que consiguió recuperar el poder en su país a través de unas elecciones democráticas.


Gilbert and George son monárquicos irredentos, admiradores de la Reina Isabel y su bebedora madre.

Quizá deberían hablar con Simeón de Bulgaria.





Ay

lunes, 11 de abril de 2011

Amansio y el Ocho y Medio



Hooooola chiiiiicooooooh!


Me llamo Amansio Ortega y soy el empresario mah famossso de Ehpaña. Aquí donde me veih todo vehtido de blanco, con ehta pinta de santero cuaaaaano adorador de Yoruba, soy un hombre de negosioh y me he forrado copiando. Pero hoy no he venido aquí para hablaroh de mi carihma emprendedol ni de mih logroh en la induhtria del fusilado. Hoy ehtoy aquí para hablaroh de mi rehtaurante favorito, mi amol. Ehtá en la calle Infantah y ofresen comida tradisional cuaaaana. Si vaih, pedid la ensalada de aguacate, la yuca frita, el pollo amarillo con arroh o la ropa vieha. Y pa bebel, Pepe, el dueño del lugar (un encantador viejesito vehtido como loh camareroh de las películah de loh sincuenta), oh ofreserá un maravilloso daikirí que él mihmo prepara. A mi me guhtó tanto que quise comprallle el trahpaso del local a Pepe. El me diho que ese negosio era toda su vida, que no podía robarle el alma. ¡El hombre se resiste, asere! Pero sé que no tardaré mucho en salirme con la mía. Si pude convertir el Ocho y Medio en un almasén de Sssara, ehto es pan comido, compadre. Assssuuuuuucaaaaah!

viernes, 8 de abril de 2011

Teo y los boticarios



Afortunadamente, aún queda alguna gente haciendo power pop decente ahí fuera.
Esta noche, en la Moby Dick (con Nueva Vulcano!)

miércoles, 6 de abril de 2011

Liebe Macht Frei (o la primavera la sangre altera)


Yupiii!


"Durante bastante tiempo, el recurso a lo amoroso funcionó como un artefacto ideológico perfectamente engrasado. Por un lado, estaba claro que el amor ofrece al individuo la posibilidad de una experiencia extraordinaria, de una intensidad inusitada. Merced a la pasión amorosa, los enamorados siempre han creído acceder a dimensiones desconocidas de sí mismos, conocer estratos de su ser que permanecían ocultos a su propia mirada, y de tales descubrimientos han extraído la fuerza para enfrentarse a la realidad con una energía y un valor impensables en circunstancias normales. Quien ama, diría un castizo, está dispuesto a ponerse el mundo por montera, a hacer saltar por los aires cualquier convención, norma o costumbre, por más arraigada en la tradición o en los usos establecidos que pudiera encontrarse. Pero, por otro, ese caudal en apariencia irrefrenable de vida acababa, invariablemente y casi sin excepciones, discurriendo por un cauce institucional inequívoco.

En su exageración tópica, el "fueron felices y comieron perdices" señalaba, con escaso disimulo, el signo de la operación ideológica: hacer creer a los individuos que eran irrestrictamente libres (en algunos casos, incluso rabiosos impugnadores del orden existente) para mejor terminar sometiéndolos a los designios preestablecidos. No hay duda de la eficacia de la operación: con un candor digno de mejor causa, a lo largo de la historia los enamorados han insistido en la idea de que esa experiencia -casi tan vieja como la misma humanidad- con ellos adquiría una dimensión nueva, insólita, y que donde durante tanto tiempo hubo instrumentalización para el dominio y el control, ahora -siempre con ellos, tan candorosamente fundacionales, tan ingenuamente inaugurales- habría oportunidad para edificar, de nueva planta, una realidad radicalmente otra. Cumplían de este modo, sin saberlo, el diagnóstico que Spinoza dejó escrito en su Ética: "Los hombres se equivocan al creerse libres, opinión que obedece al solo hecho de que son conscientes de sus acciones e ignorantes de las causas que las determinan".

La cosa funcionaba sin mayores problemas mientras una robusta estructura social e institucional proporcionaba una eficaz cobertura a la operación. Sin duda, había dentro del matrimonio mucha menos felicidad de la que se le había hecho creer a la gente pero, como contrapartida, fuera de él sólo quedaban soledad y tristeza (hacerse mayor sin haber conseguido tener una pareja era casi el paradigma del fracaso personal). De hecho, tan bien funcionaba el dispositivo que incluso se podían permitir retoques al mismo para ir adecuando su funcionamiento a las nuevas circunstancias.

Se recordará que, frente a quienes, desde posiciones conservadoras miopes, consideraban el divorcio como el principio del fin de la institución matrimonial, Bertrand Russell ya observaba que nadie cree más en el matrimonio que el que se divorcia, precisamente porque lo que acredita con su actitud es que confía tanto en la institución que está dispuesto a contraer matrimonio de nuevo las veces que haga falta y piensa más bien que hasta el momento quien ha fallado ha sido él, equivocándose en la elección de pareja. Pero hete aquí que la posmodernidad -y la sociedad de consumo, de la que constituye su reverso en la esfera de lo imaginario- ha venido a hacer saltar por los aires este esquema. Las formas institucionales heredadas, incluso las ya flexibilizadas, pasaron a ser a partir de un determinado momento un obstáculo para el flujo de unas presuntas existencias líquidas que debían acomodarse sin resistencia a las permanentes mutaciones de lo real, adoptando sus cambiantes formas.

Las relaciones amorosas viraron hacia una creciente volatilidad y, a título de significativo ejemplo, la expresión el amor de mi vida dejó paso -tal vez como anticipo de su definitiva desaparición- a la expresión el amor de este momento de mi vida, momento, por cierto, cada vez más fugaz. También algunos de los daños colaterales que semejante mudanza ha ido causando en los individuos podemos reconocerlos sin dificultad sobre la superficie de su lenguaje. Cualquiera puede constatar que continúan siendo de buen tono afirmaciones del tipo de "bueno, es que en el fondo yo soy un poco romántico" (donde "romántico" también se puede sustituir por "cursi", si se prefiere). Tales afirmaciones conservan un cierto aire de familia con aquellas otras del estilo de "yo es que para estas cosas -no hace falta especificar cuáles, que ya sé en lo que andan ustedes pensando- soy muy clásico". Todas ellas dan a entender, buscando la inequívoca complicidad del interlocutor, que, aunque con toda probabilidad el modelo anterior (romántico, cursi o clásico) haya entrado en irreversible crisis, no hemos sido capaces de dar con alternativa alguna suficientemente satisfactoria, y lamentamos más las dificultades para materializarlo que el modelo en sí mismo -en buena medida perdido a nuestro pesar-.

Con otras palabras, da la sensación de que, en el fondo, lo que muchas personas todavía piensan podría formularse así: "No me puedo creer, por irreal, sueños como el de la media naranja, pero, si verdaderamente existiera, ¡por supuesto que lo continuaría prefiriendo por encima de cualquier otra alternativa!". Qué lejos queda el diagnóstico habermasiano de hace pocas décadas, según el cual las utopías habían emigrado del mundo del trabajo al mundo de la vida. Piadosos deseos, vemos ahora, que se han revelado completamente ilusorios. Lo que realmente se ha producido es, recurriendo al título de la famosa novela de Michel Houellebecq, una ampliación del campo de batalla. El capitalismo actual involucra la vida entera y su máxima de consumo lo es también para emociones y sentimientos, que han pasado a ser una mercancía más y, por tanto, susceptible de obsolescencia y caducidad (amén de banalidad), igual que las relaciones personales han devenido ocasión para la transacción y el dominio.

No son, pues, los actuales los mejores tiempos para la experiencia amorosa, pero acaso sea ésta el último lugar que nos queda para cobijarnos, cuando la dureza del mundo exterior parece estar llegando a su paroxismo. O si prefieren otra formulación de la misma cruel paradoja: estamos a punto de quedarnos sin amor precisamente cuando más lo necesitábamos. Y nos lo van a arrebatar con el mismo argumento con el que nos lo arrebatan todo: en nombre de la libertad. Como ocurre en otras esferas de la existencia humana -especialmente en la económica, como la presente crisis está mostrando con lacerante evidencia-, cuando el orden capitalista nos promete libertad, adonde realmente nos está arrojando es al más absoluto desamparo. Sé que es hablar desde la última trinchera, pero desconfíen de todas esas propuestas que, revestidas con los ropajes de la autoayuda, se obstinan en introducir lenguajes y categorías de resonancias clínicas para tratar la experiencia amorosa. Apuntan con ello, inequívocamente, a la liquidación definitiva de lo que para el nuevo orden parece haberse convertido en un engorroso, por disfuncional, asunto (el amor, claro).

Recelen de quienes, siempre por su bien, intentan convencerles de que deben combatir la dependencia afectiva, como si fuera pensable un amor que no la incluyera. El día en que consiguieran ustedes derrotarla por completo disfrutarían de una perfecta libertad sin riesgo, experimentarían la misma serena ataraxia que un anestesiado, habrían alcanzado el impecable equilibrio del que no conoce el dolor por la ausencia del ser amado ni la felicidad sin límite ante su mera presencia. Llegados a este punto, no se me ocurre mejor argumento que una pregunta: ¿les interesa semejante plan?"

Manuel Cruz. Leído en el suplemeto Babelia de El País el pasado sábado.

domingo, 3 de abril de 2011

Leche, cacao, avellanas y agua del Lozoya

"A buenas horas, mangas verdes"


¿Os acordais de cuando se puso de moda la cata de agua? ¿Os acordáis de cuando era de buen tono educar el paladar para distinguir su composición mineral y su manantial de procedencia? Los taninos dejaron de ser los niños bonitos en las conversaciones de los hedonistas con pretensiones. Ahora había que manejar con desparpajo términos como solutos sólidos. Los Oliver-Rodes le robaban protagonismo a los Arzuaga.

El nuevo Protos


¿Os acordáis de la botella de Voss? Aquel agua nórdica (qué difícil es el manejo del género de artículos y adjetivos con la palabra 'agua') tan exclusiva, tan privativa, que procedía de vejigas de ángeles que habían desaguado en el lecho de un glaciar al que sólo se podía acceder en un helicóptero pilotado por el Príncipe William.
Se bebía mucha (¿o mucho?) Voss en las cenas de empresa de Lehman Brothers. Aunque eso no quiere decir nada: seguro que en las comidas de Gescartera se bebía Único.

¿Qué pasó con aquellas aguas de nombre sofisticado? ¿Qué fue de la BlingH2O? ¿Dónde anda Jaime Morey? ¿Quién se acuerda del Capitan Scott? Evans, Wilson, Bowers y Oates...

En las neveras de muchos hogares del mundo occidental aún permanece como un vestigio de aquella época tan lejana (2008), la botella de Voss a modo de bonita jarra para el consumo cotidiano de ese agua tan vulgar: la que sale de los grifos. Ya veis. El agua del grifo en Madrid viene directamente del Lozoya. Pero a mucha gente le toca la

Cabeza

El agua cara pasó de moda. Ya no se habla de Monsanto ni de la lucha encarnizada entre las grandes corporaciones del mundo desarrollado por el control del mercado del hache dos o en los países en vías de desarrollo.

Ni vino, ni agua. Ahora el último grito es la cata de pan.
De PAN.
Jesucristo estaría orgulloso.

Ciertamente, no es fácil encontrar un buen pan en la capital. Recordemos que en la boda del Príncipe y Leti pusieron pan de Cea. Por algo será. Las baguettes de masa industrial calentadas a toda pastillas en los hornos del ultramarinos chinos de debajo de casa no están mal para una socorrida tostada dominguera. Pero son tan naturales y sanas como unas croquetas Findus. El propio término baguette deja mucho que desear. ¿Qué fue de la barra de pan? Así que ese nuevo tipo de emprendedores que han surgido con la llegada del nuevo siglo, especialista en positivizar las atrocidades del mundo contemporáneo han visto claro el nicho de mercado. Y han convertido la hogaza de pueblo en un artículo de lujo. Pasaos por

La Pain Quotidien, [H]arina y Cosmen & Keiless. En el primero pedís un croissant, en el segundo el pan de nueces y pasas y en el tercero unas magdalenas. Y a llorar como lo último por la puta locura en la que vivimos inmersos.


Hostias como panes

Magdalenas y rebanadas de pan...
El paisaje mesetario pasaba a toda velocidad, como un lienzo contínuo, de esos que usaban en las películas de vaqueros. El Milodón, animal peludo en perpetuo movimiento, iba de copiloto en un coche donde tenía lugar una conversación de esas que hace pasar el tiempo tan rápido como el paisaje. El conductor es un amigo culoinquieto que le pregunta al Milodón si no se ha enterado de lo de la Nocilla.

-¿El qué de la Nocilla? - dice el Milodón intentado disimular esa sensación molesta de estar perdiéndose algo.

-Bueno, ya sabes. El tío este que ha convertido la magdalena de Proust en una rebanada de pan untada con leche, cacao, avellanas y azucar.

-¿¿¿La qué de Proust???

-La magdalena.


Esto sí que es una magdalena

-Ah, no. No sé - Dice el Milodón intentando disimular que le jode no saber. Y se pierde un rato, con los ojos puestos en los trigales, en el recuerdo del suplemento Blanco y Negro del ABC, el primer lugar donde vio un cuestionario Proust.
Nunca ha entendido por qué se supone que esas preguntas tan arbitrarias, de psicoanalista de dos pesetas, arrojan una radiografía perfecta del alma del encuestado. '¿Cómo le gustaría morir?' '¿Cuál es defecto que más deplora en una persona?' '¿El roncola en vaso ancho o en vaso de tubo?'...

-Pues nada. Lo de la magdalena es como el punto de partida de la obra más famosa de Proust, En busca del tiempo perdido. El tío que cuenta la historia moja una magdalena en el te, le da un mordisco y el sabor del bizcocho borracho en el líquido caliente le trae a la memoria su infancia, los viajes que hacía a casa de un tía suya, momentos placenteros de su niñez... La magdalena se convierte en el vehículo que le trae al presente el pasado.

-Aaaah ya. Y entonces el Milodón se acuerda de esa escena memorable de Ratatouille...



Y se lo dice a su amigo.

-Ah. No he visto Ratatouille - replica él con desdén, como intentando disimular que le jode.

-Bueno. ¿Y qué pasa con lo de la nocilla?

-Pues que hay un tipo que se ha convertido en todo un fenómeno literario. Ha escrito tres novelas que ha englobado dentro de algo llamado Proyecto Nocilla. Y dice que la magdalena como elemento evocador ya no vale. La magdalena de nuestra generación es una rebanada untada de Nocilla, no sólo porque es lo que nosotros hemos comido de niños sino porque es algo que forma parte de nuestro acervo cultural pop, de nuestro pensamiento esponsorizado por marcas.

El amigo del Milodón le cuenta al Milodón que este tipo se llama Agustín Fernández Mallo, que puso en el mercado editorial la primera entrega de su proyecto en 2008 (cuando en las cámaras frigoríficas de los restaurantes de nueva cocina las botellas de Voss campaban a sus anchas y los mercados financieros del mundo aún no se había derrumbado), que acaba de lanzar la última -titulada Nocilla Lab- y que el tipo es Coruño. 'Coruño tenía que ser...', piensa el Milodón, resentido, mientras pregunta si el tipo se ha hecho muy famoso.


-¿Y este se ha hecho muy famoso?

-Pues sí. Es como el nuevo Jose Ángel Mañas. No entiendo cómo no te has enterado.

El Milodón dice que ha estado muy ocupado refrescando el Facebook y se vuelve a perder entre trigales, pensando en las magdalenas de Rioscuro que siempre había en casa de su abuela Julia. Qué ricas estaban mojadas en leche caliente manchada con un poco de café. Aquella miga prieta y dulce... El Milodón le da un trago muy largo a una botella de agua que lleva entre las piernas en todos los viajes y le dice a su amigo: 'Pues ya que hablamos de flashbacks...'

-Pues ya que hablamos de flashbacks, el otro día perdí mi móvil. Tuve que coger uno viejo, que tengo guardado en una caja archivadora de Ikea, donde acumulo todos mis gadgets obsoletos. Debe de haber hasta un belinógrafo ahí... El caso es que cogí el móvil. Un samsung rojo, pequeño, de formas redondeadas. Le enchufé el cargador, lo encendí. Era el móvil que me compré a mi llegada a Madrid, hace dos años. Cuando empezaron a pitar los primeros mensajes, aquella señal sonora me devolvió a los tiempos en el piso de la calle Alonso Cano.

Pi-pi-Pi-pi

Pi-pi-Pi-pi

Una simple señal sonora y el Milodón volvió a abril de 2009, a las horas muertas bailando sobre la tarima del Fotomatón, a las tardes de domingos de espera en las escaleras de Los Jerónimos, con el edificio de la Real Academia la izquierda y la ampliación del Prado a la derecha. El sol rojizo al final de la tarde cayendo sobre los ladrillos de Moneo limpia, fija y da esplendor...


Ay, la RAE

'Supongo que hay gente que cuando bebe un vaso de Voss vuelve a 2008. Voy a tener que echarle un vistazo a Proust y al Nocilla Lab ese', pensó.

El Milodón se bajó del coche de su amigo, con la maleta en una mano y una botella de plástico en la otra. Antes de salir de casa la llenó de agua del grifo. Cuando llegó a la ciudad le dijeron que la de Madrid era la mejor del mundo.