martes, 22 de febrero de 2011

Rocío Durcal (o el discreto encanto de la burguesía)

El Milodón está convencido de que algunos portales de los que hay a partir del 1oo de la Castellana dan acceso a esta realidad...


*Al Milodón se le olvidó decirlo: el vídeo está dedicado a San, compañero portalero!

lunes, 21 de febrero de 2011

Eterno retorno


"Vuelvo de Barcelona, donde el doctor Muiños, con otros sabios doctores, me da bálsamo y cuido para los ojos (como en Madrid el doctor García Alix, yerno de mi querido Pérez Ferrero, médico sabio y sencillo).
Vuelvo de Barcelona y lo primero que veo son las Torres de Colón transubstanciadas en giraldas o giraldillas horteras, falsas y bancarias. 'Serán mis pobres ojos', me digo, 'Esto no puede ser'.
Y recuerdo que Juan Ramón veía la torre mozárabe y minima de su pueblo como una Giralda vista de lejos. Ni de lejos ni de cerca. Aquí ha cambiado algo. Y lo que ha cambiado es que Rumasa ha comprado las Torres de Colón, y como Rumasa tiene alma de Lola Flores, ahora las ha llamado -ya para siempre- Torres de Jerez.

Rumasa es una Lola Flores con faralae financiero y sin genio. ¿Hasta dónde llega la cola de la bata de cola financiera de Rumasa? No hay un dios que lo sepa. Pero de momento le han puesto a la plaza del Descubrimiento lo que le faltaba: dos giraldillas de nombre, que le va como un insulto a esos dos rascacielos -rascalechés, decía Miguel Hernández-, a esas dos torres feas y unánimes. Los hermanos Ruiz-Mateos, cuando se ponen en Hermanos Quintero, tienen estos hallazgos. Muy bueno lo vuestro, tíos.

La nueva plaza del Descubrimiento, con unas cosas y con otras, se está convirtiendo en el museo involuntario de los horrores del posfranquismo. Al queso imperial en porciones fermentado por Vaquero Turcios le han añadido, de costadillo, la nota folklórica y sureña de las Torres de Jerez. Siempre pasaba igual con la dictadura: que cada realización monumental del Régimen se coronaba y decoraba con el nardo folklórico del árabe español. Así la Clínica de la Paz, donde estuvo un tiempo mi amigo el abrecoches, poniéndole al colosalismo caótico de la fábrica la nota delicada, marginal y arabigooandaluza de su tercermundismo Se amputado con un clavel en el muñón.

Es lo que ha pasado con un buen vino jerezano -me parece que jerezano, porque yo no soy entendido en vinos ni en casi nada, pero tengo que preguntarle a Víctor de la Serna-, que lo han estropeado y adulterado para vender más cantidad, y ahora se gastan unas buenas púas en publicidad para cantar las excelencias de un caldo que ya no es el mismo, de un caldo que ahora está caldorro.

Alfonso López-Gradoli, fino escritor y poeta valenciano, me cuenta mientras me lleva a casa en su coche:

- Pues ahora estoy escribiendo un artículo sobre un vino, para un concurso.

Me parece bien. Uno también ha vivido del artículo de concurso, cuando ha hecho falta, y mi gran frustración profesional, una fijación que tengo, o sea un trauma, es no haber ganado nunca el concurso de artículos al ajo de Pedroñeras, que lo ganaba todos los años Tico Medina, quien por estos y otros sobrados méritos está ahora en México de corresponsal de la Teleansón esa.

Ni el Nadal ni el Nobel ni nada. Yo lo que quiero es el premio al ajo de Pedroñeras. Eso la gloria. La gloria siempre ha sido una cosa pedroñera. Espero que los hermanos Ruiz-Mateos convoquen un concurso literario en torno las Torres de Jerez, antes de Colón, antes palacio de Medinaceli o cosa así, antes gloria arquitectónica de Madrid, hoy rascaleches.

En su desmadre nominativo, los hermanos Ruiz-Mateos han puesto, junto a la Rurrasa de la plaza de Colón o como rayos se llame ahora, una Rumasina. Lo de Rumasa Rumasina me suena un poco como Medina Medinilla, aquel clásico del que nos daba amenas lecciones el maestro Gerardo en el café Gijón, cuando plaza de Colón era todavía tal, llena de palacios y dignidad; que antes salías del café y te encontrabas en Madrid, pero ahora sales y te encuentras en Chicago. Pero un Chicago hecho a medias entre Vaquero Turcios, Mariano Amaya los hermanos Ruiz-Mateos. Una parida.

Las nuevas Torres de Jerez, pues, no son alucinación de mi vista herida, sino el nombre que le ha puesto Rumasa a su nueva adquisición dándole así un feo calado neomudéjar sombrío hormigón aglomerado de la doble fábrica. Y venía yo de gozar una vez más el urbanismo catalán. Si lo sé no vuelvo"

Paco Umbral, en El País, 1977

Espectacular post de Señor Insustancial al respecto, por cierto

lunes, 14 de febrero de 2011

Carta Abierta a un Madriñelo Ilustre 5 - Hoy: Javier Marías










Querido Javi,

Hay que ver lo que te gusta fumar.

Recuerdo que hace dos años por esta fechas, cuando yo acababa de llegar a Madrid y esta ciudad aún me parecía tuya, un día fui hasta el número 16 de la Calle Covarrubias, donde naciste. A husmear.
Quería ver cómo era el barrio en el que habías empezado a echar tus primeras caladas. Quería ver el portal por el que salías con tu madre y tu institutriz, Leo, la que se había inventado para divertiros a ti y a tus hermanos que su novio era Gento.

Tú te criaste entre los desaparecidos palacetes del antiguo Chamberí. Y fuiste al Colegio Estudio, "un centro privado independiente, en el que se propicia un modelo pedagógico de convivencia plural, tolerante y solidaria, con gran apertura de miras en cuanto se refiere a la formación integral de la persona en libertad responsable; una escuela en la que la labor educativa está impregnada del sentido ético que debe presidir la vida y que empieza a despertar a edad temprana; una escuela en donde la sensibilidad, la búsqueda de valores estéticos, la corrección en las formas, el respeto a los demás y al entorno, imprimen estilo a la vida diaria". Una escuela con un programa pedagógico excelente que no impidió que te engachases a la nicotina como cualquier carretero.

Cuando entré en tu edificio, el portero de tu antigua casa me dijo que no tenía ni la menor idea de qué le hablaba al preguntarle por ti. Y me llevé una decepción.
En mi fantasía costumbrista, por los bulevares -Génova, Sagasta, Carranza y Alberto Aguilera- grandes y brillantes taxis negros se hacía hueco entre carros tirados por burros y autobuses de dos pisos de color azul (una vez leí en un texto tuyo que los había en el Madrid de los años cincuenta).
Sin embargo, al señor portero, que yo quisiera imaginarme cómo habría sido la infancia de un niño hijo de intelectuales liberales y republicanos (exiliados una buena temporada a Estados Unidos) le debió de parecer una horterada de gran calado. Porque me respondió con un desprecio profundo, propio de uno de esos editoriales dominicales tuyos.

Ajena al zumbido de su transistor y a su cara de odiador misógino, a mi se me hacía el culo gaseosa pensando que por aquellas escaleras cualquier tarde habrían subido a merendar a tu casa Ortega y Gasset o Vladimir Nabokov, los dos muy amigos de tu padre. Y que, mientras, tú andarías por la calle, corriendo detrás de una pelota, sí, pero ya buscando los valores estéticos, la correción en las formas, el sentido ético que debe presidir la vida. Oh, Javi.

No sabes lo que he sufrido (y sufro) por ti cada vez que entro en un bar y veo que falta el humo, elemento esencial de cualquier ambiente tabernario. No puedo ni atisbar lo encabronado que debes de andar a causa de la ley antitabaco. Porque admitámoslo, Javi: a ti te parece muy mal todo.
Que los ciudadanos hablen por encima de los niveles recomendados por Organización Mundial de la Salud. Que las madres no enseñen a los niños a decir 'por favor' y 'gracias'. Que el alcalde promueva obras sin fin. Que la gente aplauda en todas las ocasiones, sean o no los aplausos merecidos. Que la década anterior no tenga nombre. Que alguien interrumpa un almuerzo por recibir una llamada al móvil. Que le cambien las denominaciones a las letras del alfabeto. Que se digan laísmos, leísmos y loísmos. Que ciertos irrespetuosos se rían a carcajadas en el cine (y coman cosas que ronchan). Que se apoye el cuello de las botellas en los vasos al servir el vino. Que las novias se casen de blanco. Que los viandantes vistan chándal a diario. Que los entrenadores vayan con traje de chaqueta.
Qué mal te parece.
Todo.
Tú que eres académico de la lengua -con el sillón R- no admites en tu diccionario la palabra Resignación. La Resignación es para las clases medias.

Y pocos ciudadanos de clase media pueden alardear de una librería como la que tú enseñas cada vez que puedes a los periodistas. ¡Qué librería, oiga!

Piénsalo bien. Con una biblioteca personal de las dimesiones de la tuya, es muy difícil que, en lo que te resta de vida, te quedes sin papel para hacerte cigarrillos.






martes, 8 de febrero de 2011

Bisbal en el templo de Debod

"No pasarán"

El día que el pueblo egipcio se lanzaba a las calles de El Cairo a la conquista de un nuevo sistema político para su país, David Bisbal hacía un comentario delirante sobre lo tristes y solas que se habían quedado las pirámides sin turistas.
Todo dios se le echaba encima, poniéndole perdido de bilis, como si la mayor parte los escenarios de la geopolítica mundial no fuesen para todos nosotros poco más que eso: destinos turísticos, lugares de paseo.

Los jóvenes egipcios blanden banderas por las calles de El Cairo para llegar a la Plaza Tahrir. Por las calles de El Cairo, y en sentido contrario, los jóvenes europeos tiran de maletas con ruedas para llegar al aeropuerto.


Un dúplex

Para los jóvenes europeos la maleta con ruedas es el símbolo de la revolución.
La revolución individual e individualista que es irse de casa para cosechar un diploma universitario o disfrutar de una beca erasmus. La revolución personal de emanciparse, y mudarse, y arrejuntarse, y amancebarse, para al final, separarse.

Sobre las dos ruedas de una maleta uno lleva la vida a cuestas.
Ahí vamos: a mudarnos por enésima vez, a pasar un fin de semana a Caños de Meca, a hacer una visita al domicilio familiar, a cumplir con un compromiso de trabajo, a comprar unas Wayfarer de pega y unos relojes falsos al Chinatown neoyorquino.
En el barrio chino de Nueva York el Milodón ha visto a negrazos con enormes maletas de ruedas abiertas de par en par, que como cofres del tesoro, rebosan imitaciones de Gucci, Dior y Vuitton. Cuando aparece la policía, los negrazos cierran prestos los cofres y echan a correr con las maletas, que al estar provistas de ruedas, les siguen con la misma diligencia con la que ellos corren.

No hace mucho que las maletas no tenían ruedas.
El Milodón, que aún no es viejo, recuerda perfectamente lo penoso que era subir desde la estación de tren de Santiago hasta la cúspide del ensanche compostelano su macuto de estudiante lleno de libros, ropa y -camuflados dentro del papel de aluminio- embutidos bercianos (gracias a los que el lluvioso invierno se hacía más llevadero).
Tampoco fue siempre tan fácil viajar.

Howard Carter: "Entra tú primero, que ya yo voy ahora"

Hubo un tiempo -muy anterior a la llegada a nuestras vidas de Ryanair y de los vaqueros lavados a la piedra- en que el del viaje aún era un privilegio reservado a conquistadores, exploradores o científicos. En la Residencia de Estudiantes hay una exposición hasta el día 24 de abril en la que se presenta a "arqueólogos, geógrafos, antropólogos u hombres de acción" como Howard Carter (que descubrió la tumba de Tutankhamon), Charles Leonard Woolley (que hizo lo propio con la ciudad bíblica de Ur, en Mesopotamia), Hugo Obermaier (que entró un día en las Cuevas de Altamira y se quedó pillado con las pinturas rupestres el resto de su vida) o Joseph Hackin (que dio a conocer al mundo los budas gigantes de Bamiyán, en Afganistán). Ellos y las leyendas que se formaron en torno a ellos tienen la culpa de la idealización del viaje como experiencia total. Ellos, que aparecen luciendo bigotito, pajarita y rodeados de los mugrientos lugareños que excavaban ahí donde ellos -tan señoritos- señalaban con el dedo, son los que hicieron pensar a la gente que viajar era igual a descubrir civilizaciones antiguas y exóticas.
Ellos subieron el Everest, pero no tuvieron que pasar los controles de seguridad del aeropuerto de Barajas.


En España ya se sabe que la culpa del turismo la tiene Manolo Fraga. Como los exploradores de tradición victoriana, fomentó un mito para excitar la imaginación de los viajeros: las suecas. A Fraga le bastó poner un nombre marketiniano a las costas ibéricas (del Sol, de la Luz, Blanca, Brava...) para convertirlas en el Walhala. En los setenta, como muy bien documentan esos guardianes de nuestra memoria histórica apellidados Alcántara, los españoles de clase media sólo iban al extranjero para dos cosas: abortar o ver pelis porno.

El que quería saborear el exotismo del lejano oriente por amor al arte siempre podía darse un paseo hasta el Templo de Debod, un regalo de más de 2.200 años de antigüedad que Egipto hizo a España "en compensación por la ayuda española tras el llamamiento internacional realizado por la Unesco para salvar los templos de Nubia [...] en peligro de desaparición debido a la construccion de la presa de Asuán", cuenta Wikipedia, que además, como quien no quiera la cosa, deja caer estas líneas tan misteriosas que hacen alusión al proceso por el que el templo llegó a manos españolas: "Tras una cesión diplomáticamente compleja, llena de luces y sombras, en la que el prestigio y el dinero de instituciones y organismos oficiales estuvieron en entredicho". Typical Spanish.

Esta foto la hizo el Milodón un domingo

El Templo de Debod se colocó sobre el solar donde estuvo el Cuartel de Montaña, una edificación militar en la que se inició la sublevación militar de 1936. Fue cuando el General Fanjul (nacional) se puso chulo, acudió al mencionado cuartel, se hizo fuerte con 1.500 de sus hombres y en lugar de salir con las tropas a las calles para tomar los puntos vitales de la capital, proclamó simplemente el estado de guerra. Y los Republicanos les dieron pa'l pelo.
Así que ahí, donde vosotros os coméis tranquilamente un paquete de pipas los domingos, mientras paseáis y contempláis los restos de la civilización egipcia, murieron entre 500 y 900 personas


¿A que vosotros no lo sabíais?
¿Veis como Bisbal no es tan malo?

jueves, 3 de febrero de 2011

El discurso del Rey



Custodiando la entrada del Banco de España (la lateral, por la que entran los coches oficiales), hay dos Guardias Civiles.
El otro día el Milodón vio que uno de ellos, mientras mantenía su marcial posición al frente, se fumaba un purito o "señorita".
A Churchill le encantaban los puros.
¿Alguien se imagina a la guardia real que custodia Buckinham Palace fumando en pipa?
¿Y una película sobre el Conde de Barcelona?