miércoles, 27 de octubre de 2010

Cosas que son muy madrileñas (aunque los madrileños ni siquiera lo saben) - Parte I

Siguiendo con el argumento (desarrollado en el anterior post) de que hay costumbres de la vida capitalina que los habitantes de la ciudad han incorporado a sus hábitos de forma maquinal y que ya no perciben como extraordinarias, el Milodón os revela en esta serie que empieza hoy algunas cosas más madrileñas que el Vicente Calderón, que el oso y el madroño, que el chocolate con churros de San Ginés, que las faldas almidonás y los nardos en la cadera. Nadie habla de ellas. Pero ahí están, como la Puerta de Alcalá.




El tricornio de los pies

Los castellanos

Y nos referimos a los zapatos, no a esas gentes mesetarias a las que les gusta cocinar sopas de ajo en fin de año.
Los zapatos castellanos son una cosa muy madrileña no porque los luzcan orgullosos en sus pies tanto los chavales de Nuevas Generaciones, fans de The Killers, que las tardes de jueves se arremolinan en torno a los bares de cañas de Chamberí (no dejéis de visitar Casa Camuñas, un clásico moderno del gominamen patrio) como los ejecutivos con motos de paseo BMW que aparcan en la calle Castelló. Son una cosa muy madrileña porque nacieron en Madrid a principios de los años 20, en una zapatería llamada Castellano, donde artesanalmente producían una tirada muy limitada de este calzado. Su escasez los convirtió en un bien exclusivo en la ciudad, donde hoy son una seña de identidad de aquellos que hacen declaración de bienes patrimoniales y jamás compartieron piso. "Gente de cierto gusto y refino", comEnlaceo explican en la web de la propia Zapatería Castellano. El Milodón lanza al aire la pregunta... ¿Y cuál es entonces la diferencia entre el españolísimo castellano y el americano loafer? El idioma. Y que, al contrario de lo que le sucede al castellano, jamás veréis un loafer acompañado de una chaqueta Teba.




Si Midas levantase la cabeza

Los Compro Oro

Lo de Pontejos es sólo un espejismo. Las mercerías están desapareciendo. Y el Milodón os lo advierte: desconfiad de una civilización que no sepa remendar unos pantalones o ya no tenga tiempo para coser un botón.
Desconfiad más aún de un mundo que cambia los pequeños comercios (por ejemplo, las mercerías) del centro de la ciudad por negocios que por todo equipamiento tienen una barra y unos carteles amarillos enormes. Siempre fueron muy característicos en la calle Preciados y aledaños, pero están invadiendo toda la urbe.
Por si nunca os lo habíais preguntado, los Compro Oro son lugares donde unos espabilados se aprovechan de la gente que pasa por apuros económicos, comprándoles sus áureas posesiones a un precio muy inferior al del mercado. Vamos, un sistema de usura que se parece mucho a lo que en su versión evolucionada y profesional es la banca.
Y a todo esto: imprescindible la visita a la mercería el Botón de Oro, en la calle Juan de Austria. Las más antigua de Madrid.


"¿Jo, tío, luego vamos al H&M nuevo de Gran Vía?"
Los viejos
Dice un londinense y milodoniano amigo que la vida en la capital inglesa es como un "graduation show" permanente; una de esas presentaciones de fin de curso (tan habituales en las universidades británicas) donde los estudiantes de disciplinas creativas despliegan todo su talento para enseñar al mundo lo que son capaces de hacer. En ese espectáculo de graduación urbano todo el mundo lucha por ser el más guapo, el más listo, el más extravagante, el más colorido. Pero hay algo que nadie quiere ser en Londres: viejo. Sólo hay ancianos en Central London el día que se rinde homenaje a la Legión. En el centro de Madrid, por suerte, los ancianos aún no han sido desterrados: se sientan a charlar con sus sillas de madera en las puertas de los mercados y van al café Comercial a jugar la partida. A veces, incluso regentan las mercerías que quedan. No son tan creativos como los chicos de las art schools, ni compran en Urban Outfitters, pero saben un par de cosas o tres. Por ejemplo, qué es un refugio antiaéreo, por qué los jueves ponen paella en los restaurantes de Madrid o cómo se cose un botón.



Bienvenidos al proceloso mundo de las tarjetas internacionales
La letra arial
La letra Arial es al paisaje visual madrileño lo que el eucalipto fue en su día a los bosques autóctonos gallegos. Una putada.
Hija bastarda de la Helvética, la letra arial no tiene la elegancia minimalista ni el halo cool de su mami. Su capacidad para coronar locales donde se desarrollan actividades ilegales, oscuras o cuando menos deprimentes, hace casi imposible no atribuirle poderes malignos. Sus remates secos y sus ojos zafios (condensados, estirados y deformados por esa herramienta demoniaca llamada Corel Draw) pueblan los rótulos de un 98% de los negocios independientes abiertos hace menos de diez años. Los "compro-oro" incluídos, por supuesto.
El Milodón aprovecha para recomendaros que visitéis el blog Madrid Tipográfico, donde se hace un maravilloso inventario de los carteles de la ciudad antes de la llegada de este parásito alfabético.

Y con letra arial el Milodón os dice CONTINUARÁ...

8 comentarios:

  1. y por qué ponen paella los jueves?

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  2. http://www.madridmemata.es/2007/05/5-razones-para-explicar-la-paella-de-los-jueves/

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  3. Jajaja, la chaqueta de teba, qué reciedumbre! Ojo, que yo soy fan de los Castellanos y recuerdo los primeros que me compraron en la Calle Real, la etiqueta que traían colgada de una piel de vaca estirada o algo así.

    PD. Impresionante Madrid Tipográfico

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  4. ¡Fantástico lo de Madrid Tipográfico!
    Y toda la entrada, estupenda de verdá.

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  5. Oye, me he quedado hipnotizada con lo de Madrid tipográfico.

    Por cierto, yo estoy encantada con la vuelta de los castellanos. Eso quiere decir algo?? :S

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  6. Eso quieres decir que eres una persona de cierto gusto y refino...
    Además de la cosa más bonita del mundo!

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  7. autobusero, donde está mi hermana???!!!

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