domingo, 29 de agosto de 2010

(Adiós) Bello Verano


Pedantería donostiarra: no hay otra igual


"Deberían prohibir los anuncios de Estrella Damm por obscenos", solía decirle una amiga nórdica (de profesión psicóloga) al Milodón cuando venía de vacaciones a España. A aquella ciudadana septentrional, muy sensible a los dolores del alma, le daba una lástima tremenda pensar en los que estuviesen viendo esas exaltaciones publicitarias de la belleza, la amistad y la juventud, encerrados en sus casas, atrapados en sus miserables vidas, lamentando no ser bellos, no tener amigos y aún siendo jóvenes, no poder tostar sus carnes bajo el sol, por tener que ir a trabajar.

En aquel tiempo, aún no había Facebook, así que la amiga nórdica no podía ni imaginar que llegarían tiempos en que cada ciudadano podría crear una existencia de anuncio de Estrella Damm para ponerla a la vista de todos en la plaza de un pueblo virtual en el que los vecinos entran, salen, transitan, observan, calladamente, las (supuestamente) felices vidas de los otros.
Seguro que la amiga noruega del Milodón prohibiría Facebook. Sobre todo en verano.
Qué cruel puede ser el estío…

El viernes por la tarde una voz llamó desde Madrid al Milodón, quien estaba de vacaciones en su provinciano hogar. Milodón y voz se confesaban, suspendidos en la atmósfera veraniega del crepúsculo agostí. Milodón en El Bierzo. Voz en la gran ciudad. “No lo soporto más, quiero que se termine el verano ya, quiero que la ciudad vuelva a la normalidad”, decía la voz al otro lado del aparato. Quiero dejar de ver imágenes de piscinas, playas y montes que no puedo nadar, pasear ni recorrer. Quiero que las calles vuelvan a estar llenas, que el teatro de lo real abra el telón de nuevo y me haga olvidar que podría vivir libre como esos chicos de la publicidad, pero que he escogido vivir aquí, trabajando para el sistema.



¿A que os entran ganas de darles unas hostias?

Qué sentimiento de solidaridad tan bárbaro invadió el corazón de este plantígrado antediluviano, que a los pies del macizo galaico, saltando de piedra en piedra por ríos de agua cristalina se sentía bien pero echaba de menos el guarro Manzanares, las emociones mezquinas de la capital, los cafés de mediodía en un bar atestado de policías y señores fumadores, el menú del día ejecutivo, las reuniones interminables, el baile de despachos, el mailing masivo y compulsivo, el agobio entre las paredes de la oficina durante la semana compensada por la eterna promesa del viernes noche capitalino…

Miradles. Si es que ya se mascaba la tragedia...

Un viernes de un agosto sin promesas, pero sesenta años atrás, lejos de Madrid y del refugio provinciano del Milodón, a los pies de los Alpes italianos, en Turín, el poeta y novelista Cesare Pavese, decidió que la vida no merecía seguir siendo vivida. A los hagiógrafos más románticos y esteticistas les gusta destacar que fue por un mal de amores. Se supone que se suicidó porque no podía soportar el desgarro de no ser correspondido por una actriz americana, Constance Dowling. Por lo visto la señora tenía unos ojos preciosos que durante un tiempo sólo le miraban a él. Luego la Dowling le quitó el caramelito de su mirada a Pavese. Y el pobre lo pasó fatal.

El Milodón ha comprobado, leyendo un poco sobre la vida de Cesare, que el tipo, en general, tenía el alma colmadita de tristezas. Y eso que hizo con su vida lo que a todos los progres del mundo les hubiese gustado:

  • Ser comunista militante en un tiempo en el que era de verdad era arriesgado serlo (y la utopía aún no había fracasado).
  • Promover iniciativas culturales desde una editorial elegante y respetada en un tiempo en el que la cultura era la expresión de un inquietud y no un disfraz para la ser aceptado socialmente.
  • Estudiar la obra de los grandes escritores norteamericanos (leer a Walt Whitman es una cosa muy cool).
  • Convertirse en un mártir/mito de la literatura contemporánea diseccionando los miedos más antiguos del ser humano con un escalpelo de palabras precisas y primordiales.
  • Y encima ser innato portador de un carisma austero y auténtico, como de músico de jazz, pero mejor (ándate con ojo, Cesare, que en cuanto te descuides te ponen en una pared de Massimo Dutti).


Pero el héroe Pavese, a pesar de su talento y brillo, no se quería nada.
No se gustaba una mierda. Y en verano mucho menos.

La hermana del Milodón afirma que para combatir la depresión hay que comer bien. “Si les hubiesen hecho un análisis sanguíneo a todos los suicidas célebres de la historia los días previos al desaguisado, los facultativos habrían encontrado en todos estos pobres desesperados alguna carencia vitamínica o una anemia galopante. Para curar la depresión hay que comer bien”, dice ella. El Tapir Nicanor añade a la receta de la alegría muchas horas de sueño.

Puede que tengan razón.

Pero para las almas melancólicas el verano, una época en la que se duerme mucho y se come muy bien, es una cosa muy jodida, así que el Milodón entiende al pobre Pavese, que probablemente era un comistrajos y tenía desórdenes en el sueño. Y eso que el tío no tenía que ver las actualizaciones vacacionales de Constance Dowling en Facebook ni anuncios de telefonía móvil o cervezas.

Para un melancólico las tardes de agosto funcionan en la cabeza como esa gota de Fairy que en el anuncio cae sobre una fuente llena de agua grasienta.
De pronto, nuestra mente es un espacio diáfano, como la atmósfera de las noches claras en las que se oye nítidamente ladrar a los perros.


Quienes nos ladran en este caso son los recuerdos. El verano es el tiempo de la hiperestesia, esa enfermedad que tantas veces nos contaron durante el bachillerato que padecía Juan Ramón Jiménez, otro melancólico. Los sentidos del enfermo de hiperestesia perciben todo con una intensidad mucho mayor a la normal, y el mundo se convierte así en una feria de colores, olores, sabores y sensaciones amplificadas y distorsionadas. El hiperestésico no necesita tomarse un tripi para hacer un viaje lisérgico. Le basta con quedarse solo una tarde de agosto.


Ésto decía Pavese:




Atravesar una calle para escapar de casa
lo hace sólo un muchacho,
pero este hombre que anda
todo el día las calles,
ya no es un muchacho
y no huye de casa.
Hay en el verano
tardes en que las plazas se quedan vacías,
tendidas
bajo el sol que ya empieza a ponerse,
y este hombre que llega
por una avenida de inútiles plantas, se detiene.

¿Vale la pena estar sólo para quedarse siempre sólo?
Callejear únicamente, las plazas y las calles
están vacías.
Es preciso detener a una mujery hablarle
y decidirle a que viva con uno.
Si no, uno habla sólo.
Por eso algunas veces
el borracho nocturno comienza a parlotear
y explica los proyectos de toda su vida.
No es cierto que esperando en la plaza desierta
te encuentres con alguno,
pero el que anda las calles
a ratos se detiene.
Pero si fueran dos, aún andando las calles,
la casa ya estaría
donde aquella mujer,
y valdría la pena.



Por la noche la plaza vuelve a quedar desierta
y este hombre que la cruza no ve los edificios
tras las luces inútiles, pues ya no alza los ojos:
sólo ve el empedrado, que hicieron otros hombres
de endurecidas manos, como los están las suyas.
No es correcto quedarse en la plaza desierta.
Seguro que está en la calle aquella mujerque,
al pedírselo, quiera ayudar en la casa.



El poema se titula “Trabajar Cansa” (Lavorare Stanca).


Es curioso: en el tiempo en el que Pavese murió la enfermedad considerada como más contagiosa y peligrosa era el comunismo, esa ideología que quiere devolverle al hombre su integridad y dignidad recuperando para él los medios de producción, haciéndole dueño y partícipe de su propio trabajo.

La angustia existencial que provoca el trabajo, las preguntas que ahogamos cada día cuando nos levantamos temprano para ir a la oficina, el absurdo que toleramos en aras de un salario mensual, son la causa de la enfermedad más común de nuestro tiempo: la tristeza (que mató a Pavese). El Milodón leyó en el suplemento de El País de hace unas semanas que en 1994 se despacharon en España 7,2 millones de unidades de antidepresivos. A finales de 2003, esa cifra creció hasta los 21,2 millones. En 2009 superó los 33 millones. “Los tranquilizantes han seguido la misma línea ascendente. El año pasado alcanzaron los 52 millones de unidades vendidas, según el Ministerio de Sanidad”. ¿Qué opinará la amiga nórdica y psicóloga de todo esto?

El Milodón vuelve al curro mañana. Así que perdónenle por la bajona. Se ha propuesto comer muy bien y dormir a pierna suelta -por lo menos los fines de semana- este otoño.

Y es verdad, trabajar cansa.
Pero es lo que da sentido a las vacaciones.



miércoles, 25 de agosto de 2010

Gente que nos hace la vida más agradable en agosto - II


Imaginaos que un día os levantáis por la mañana y hastiados de vuestra vida convencional decidís dejar vuestro trabajo como grises funcionarios para poneros a editar los libros más bonitos del mundo. El Milodón no sabe si ése el recorrido que han hecho los chicos de Blackie Books, pero le gusta pensarlo así. Los libros de esta editorial son una prueba irrefutable de que el amor verdadero existe. Qué bien que aún estamos a tiempo de encontrarlo. En la estantería de alguna librería.

jueves, 19 de agosto de 2010

Vacaciones Santillana (o la edad de los eufemismos)

Una canción de Linda Mirada que viene al caso y el Conde Draco

La cosa se remonta a la más tierna infancia. Cuando estudiamos la educación general básica no nos querían poner frente a la cruda realidad. Ni en los ministerios, ni los profesores, ni nuestros padres/tutores tenían huevos a decirnos que aquella N y aquella M que aparecían en nuestros "boletines de evaluación" (las notas) significaban prueba no superada, mal, bajón, suspenso, cate. Nos decían "Necesita Mejorar" como una promesa oral de un mañana más brillante, como verbalización de la esperanza. En los gabinetes pedagógicos post-transición se había colado el espíritu de Jim Henson. Y el bueno de Jim, que nos enseñó las vocales sobre los acordes mayores de los Beatles más luminosos y los números a ritmo de funk, no admitía el fracaso como variable.
Después vino David el Gnomo (que según El País, cumple hoy 25 años), a disfrazar algo más flagrante: la muerte. David, con el que tanto nos habíamos frotado la nariz, nos decía adiós con la mano, mientras se convertía en árbol. Lisa, a su lado, corría la misma suerte. Y Swift, el zorro veloz y fiel, lloraba como un madaleno (sin g). Nosotros, que de tontos no teníamos un pelo, llorábamos a moco tendido también. Nos lo podían pintar con colores brillantes y orquestarlo con música saltarina, pero aquel tufo a deceso no había eufemismo que lo tapase.

Y así fue como nos acostumbramos a leer entre líneas, a decir las cosas más importantes veladamente y a no aceptar que a veces todo se tuerce (y alguien tiene que enderezarlo). Así fue como aprendimos a poner capas de palabras biensonantes sobre las realidades más feas. Mauro Entrialgo os puede hablar largo y tendido sobre este tema.

Lo que se pregunta el Milodón ahora es si todo esto tiene algo que ver con la soltura con la que nos han colado la reforma laboral. Cuando terminen las vacaciones, ¿qué excusa nos inventaremos para no ir a la huelga general? ¿Con qué eufemismo cubriremos nuestra desidia?

lunes, 16 de agosto de 2010

El Video Club más caro del mundo



A los mileuristas constitucionales (especialmente a los del letras puras) el verano en Madrid nos deja solos ante nuestra clase social.

Agosto se ceba con los que no tenemos ingresos suficientes para instalar aire acondicionado en casa, no podemos pagar una comunidad con piscina propia, no podemos costear la mensualidad de una sociedad privada o no hemos ahorrado para unas vacaciones de manual en un paraíso con palmeras.
Los bares donde normalmente ahogamos los ecos de nuestra conciencia y las frustraciones de lo que no hemos logrado están cerrados.

Los conciertos donde saludamos a otras víctimas de nuestro mismo sino no se celebran.
Las tiendas de pret-a-porter donde podemos crear la ilusión de prosperidad canjeando veinte euros por alguna camiseta que nos haga sentir parte de algo, están desiertas y la experiencia shopping pasa de ser algo excitante y prometedor a ser algo deprimente y evidenciador.
Así que el susurro tocapelotas de todo lo que nuestros padres esperaron de nosotros viene al oído cuando el sol aprieta contra nuestras persianas bajadas y nuestras ventanas cerradas a cal y canto. Aquella canción de Mecano, en la que convertían un piso en un paraíso Tiki se convierte en un himno a la empatía.



¿Financió la DGT este video clip?

El ventilador girando a toda velocidad se encarga de esparcir por toda la casa los pensamientos funestos y las preguntas sin respuesta.
¿Por qué no estudié ingeniería industrial? ¿Por qué no ahorré para un MBA? ¿Por qué me he gastado en discos a lo largo de mi vida la cantidad equivalente a una entrada para un Mini? ¿Por qué dejé a aquel novio tan resuelto y ejecutivo que me hubiese mantenido? Si me hubiese quedado en provincias, esta tarde alguien me llevaría a nadar al río. Si volviese a tener diez años estaría jugando sobre la arena de la playa del Silgar, rodeada de madrileñitos bien que sacan a flotar sus Optimist (¿no os parece un nombre precioso para una clase de barco?).

Corre, corre, caballito

Si el Milodón muriese aquí hoy, rodeado de películas alquiladas nadie lo notaría hasta primeros de septiembre. Y cuando los bomberos tirasen abajo la puerta, advertidos por unos vecinos escamados por el sospechoso olor, se encontrarían el menú de Les Vacances de M.Hulot pasando en bucle su carrusel de opciones en la pantalla del televisor. El ventilador girando. Y un Milodón fiambre con una deuda acumulada millonaria con un video club usurero. Ni ser tristes y erráticos culturetas (qué bien que ya podemos decir esta palabra con consentimiento de la Real Academia) nos está permitido ya a los treintañeros en agosto.
¿Alguien entiende cómo es posible que para alquilar una película de culto en Séptimo Arte haya que hacer un ingreso previo mínimo de 35 euros? Las cuotas del Real Club de la Puerta de Hierro son más baratas.

jueves, 12 de agosto de 2010

El helado malogrado


Ahí lo tenéis. No sobrevivió a la era del Pelotazo.
Agazapado entre los alumnos aventajados de la clase. Bajo el Frigodedo, tan resultón. Junto al Frigopié, tan goloso. Sobre el Drácula, tan popular.
Pobre pringao. Duró un año en la carta. Un año, que en una carta de helados son en realidad cuatro meses.
¿Su delito? Ser azul.
Por una vez, este en este país se castigó con pena de muerte la pertenencia al bando nacional.
¿No va a hacer nada la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica?
Que nos devuelvan al Frigurón, el helado favorito de Mario Conde y del Milodón.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Gente que nos hace la vida más agradable en agosto - I

Atención, publicidad. En Conde Duque (calle Limón), el restaurante Miss Limones se convierte este mes en el Summertime, un bar de copas abierto hasta la hora justa para que podáis ir al día siguiente a trabajar y aún así os dé tiempo a hacer amiguitos. El único sitio de la ciudad donde podréis escuchar canciones de Pulp, Manzanita y Parchís sin pasar calor. El Milodón os dice venirsen.

MIÉRCOLES Y JUEVES DE 21H A 01H.
VIERNES DE 21H A 02H.

martes, 10 de agosto de 2010

Fuego en el cuerpo



Gala González y Yago Castromil, o lo que es lo mismo, Salto de Cama, firman un tratado sobre la promiscuidad, tan inevitable (y saludable) en las noches de calor. El Milodón os dice que aquí tenéis la canción del verano. Estos Príncipes de Piamonte, componen, graban y emiten desde su casa en el centro de Madrid. No les perdáis de vista. Ni cuando llegue el invierno.

jueves, 5 de agosto de 2010

Currar en verano

"En julio, señores, siendo cobrador en un tranvía, cuesta sonreir.
En julio se suda demasiado; la badana de la gorra comprime la cabeza; las sienes se hacen membranosas; pica el cogote y el pelo se pone como gelatina.
Hay que dejar a un lado, por higiene y comodidad, el reglamento; desabotonando el uniforme, liando al cuello un pañuelo para no manchar la camisa, echando hacia atrás, campechanamente, la gorra.
En julio las calles son blancas y cegadoras como platos, o negras y frescas como cuevas. En las que el sol y la sombra juegan su dominó, parece que se mueve una vaca, gorda e hinchada, como las que se encuentran muertas de carbunco en las canteras abandonadas.
Cuando el tranvía entra en una calle recién regada, sobre la que cae el sol rabiosamente, se levanta un vaho sofocante que enturbia los ojos y deja en la boca un sabor agrio. En las primeras horas de la tarde los viajeros se ven como si se delirase y el cobrador está desmadejado, sin ganas de tenerse en pie".

Ignacio Aldecoa. El Aprendiz de Cobrador. 1951.