martes, 11 de mayo de 2010

Aerofobia Vintage (el pañuelo de Berhanyer y el mosqueo de Eyjafjalla)




¿Qué hay que hacer para que un negocio triunfe en Madrid? Roberto, el loco de pelo rojo, dice tener una fórmula infalible: hay que ponerle el adjetivo vintage en algún lado, y arreglado.

Eso es el equivalente a decir que para que un tío feo o tirando a normal parezca guapo o tirando a interesante lo único que hay que hacer es dejarle barba: una generalización injusta pero tirando a cierta.

Rojo Rob es el Tío La Vara del papanatismo y con su látigo implacable fustiga al Milodón, que no puede evitar flipar en colores siempre con tiendas/bares/establecimientos varios donde la estética flea market es imperante.

Una lámpara con tulipa azul por aquí, un bodegón de flores al óleo comprado en el rastrillo por allá, un sillón de terciopelo verde por acá y una mesa de formica con forma elíptica acullá y ya tenemos la fiesta montada. Ríete tú del atrezzo de Los Abrazos Rotos.

Pe: muy buena elección. Yo también me habría quedado con Lluis Homar

Puede ser que los prejuicios del Rober hacia la naftalina tengan cierto fundamento: la gente le echa mucho morro y el Milodón ha visto una selección de prendas de segunda mano más decente en la tienda Humana de Ríos Rosas que en algunas de esas autodenominadas vintage de Malasaña.

Pero hay dos all time favourites indiscutibles de la antigüedad fashion madrilata.

Si de pequeños heredabais ropa de vuestros primos y nos os importa sudar sobre sudado, no ignoréis estas dos direcciones.

  1. Corachán y Delgado. Un lugar mágico (y bastante caro) donde es posible encontrar piezas antiguas (y alucinantes) de Dior, Lanvin, Balenciaga, Pucci, Pertegaz además de prendas anónimas que parecen sacadas de un sueño húmedo de Imelda Marcos.¿Dónde está? En la calle Barco, número 42. En la misma acera donde se encuentra el que es, oficialmente, el peor garito de la ciudad (después de Destino Gran Vía, claro).

  2. Lotta. En Hernán Cortés, frente a uno de los templos del afterhourismo de la Villa, el homónimo Hernán Cortés, y al lado de esa librería que tanto nos gusta llamada Pantha Rei, está esta tiendita donde la selección de vestidos de fiesta usados de los sesenta y setenta es más que interesante.
En este sitio precisamente el Milodón se compró recientemente uno de los pañuelos que Elio Berhanyer diseñó para el uniforme de las azafatas de Iberia.

Cágate, Nancy Sinatra

¡Ah, qué tiempos aquellos, los de Elio! Cuando el espacio aéreo era una balsa de aceite, un piélago de paz, un lugar reservado a los pocos privilegiados que se podían costear un billete de avión.
En aquellos tiempos, en los trayectos aún daban de comer incluso fuera de la clase bussiness.
Y el cielo era una especie de Walhalla donde las walkirias lucían complementos de seda atados al cuello y guantitos de cuero en las manos.
Normal que el Dios Eyjafjalla estuviera más contento que unas pascuas durmiendo un sueño eterno. La pesadilla low cost no había llegado a occidente.


Nadie tiene nada en contra de que se popularice el viajar y que todos podamos acceder a las maravillas que este mundo nos ofrece. Pero a lo mejor tampoco es cuestión de que cada ciudadano de este planeta sea un Phileas Phogg en potencia, ¿no?.

El Milodón está convencido de que el volcán islandés Eyjafjalla intenta decirnos algo.

A lo mejor es que vio este vídeo en el que se representan 48 horas del tráfico mundial aéreo en el que cada segundo del vídeo equivale a 20 minutos y cada punto amarillo es un vuelo con al menos 250 pasajeros y se mosqueó.


Eyjafjalla, como el Milodón, no entiende cómo es posible que a alguna gente le guste tanto volar. Y sobre todo, cómo puede haber peña que se duerma durante el despegue.

¿Qué clase de pervertido se mete feliz, junto al menos otras cien personas, en una cápsula de hierro en la que el ritual de bienvenida son unas instrucciones para morir con dignidad?

¿Qué tipo de incauto se sube a un aparato que se desplaza a 800 kilómetros por hora a 11.000 pies del suelo y no se siente al menos un poco inquieto?

¿Hay alguien a quien le gusten los aeropuertos, esas estaciones de autobuses del siglo XXI?

Haberlos hailos.

El Milodón conoció una vez durante un vuelo a una ejecutiva agresiva que estaba enganchada al programa Iberia Plus y que devoraba millas sin ton ni son sólo con el fin de conseguir puntos para pasajes de avión gratis. Era la Tricky del Queroseno.
Y clicando sobre este link, podréis encontrar el relato en primera persona de un español al que le regalaron un vuelo en Concorde y lo vivió como un orgasmo. Si clicáis sobre este otro, podréis saber cómo terminó sus días el maldito avión supersónico (¡es que a quién se le ocurre!).

A estas alturas no hará falta aclarar que el Milodón padece una aerofobia (que no aerofagia) galopante.


Y ya sabéis, cuando uno padece aerofobia, siempre viene el listo de turno que para tranquilizar suelta eso de que, estadísticamente, el avión es el medio de transporte más seguro que existe porque anualmente muere mucha gente menos en accidentes aéreos que en accidentes de tráfico.

Eso es como decir que el trabajo más seguro del mundo es el de especialista de Hollywood porque, estadísticamente muere mucha menos gente sorteando explosiones sobre una moto de trial en el rodaje de una película que en el sector de la construcción.

Además, cuando vienen turbulencias, ¿a quién coño le importan/consuelan las estadísticas?

El Milodón únicamente os puede decir que ahora, cada vez que va a tomar un avión, cruza los dedos para que Eyjafjalla esté de malas y cierre con sus cenizas el espacio aéreo.

Si pudiese, el Milodón sólo viajaría en tren. Eso sí que es vintage.

5 comentarios:

  1. Hacía tiempo que nadie ponía voz de un modo taaan exacto y preciso a lo que yo misma pienso sobre el medio de transporte más seguro del mundo...
    plas, plas, plas, plas...
    viva el vintage.
    Saludos (te leo agazapada desde hace mucho tiempo).

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  2. Yo conozco a alguien que ya va dormido cuando la azafata le está dando el caramelo de la entrada....
    De quién hemos heredado esa aerofobia?

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  3. a mí el avión, Milodón, me tranquiliza más que un gintonic con una tapa de lexatines. sé que si pasa algo no voy a sobrevivir para contarlo.

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  4. Anónima! Emocionadá y agradecidá, solamente puedo decir: gracias por venir!
    :)


    Martis, yo también tuve uno de esos. Tenía que zarandearle para que volviese en si y me diese la mano durante el despegue.

    Qué suerte tal despreocupación, chico...

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  5. Me gustaría destacar lo acertado de los comentarios de su cítrico amigo y lo desafortunados del listo de turno que habla de estadistica.

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