miércoles, 17 de marzo de 2010

Santuarios Pepinilleros- Entrega 5 - Asociación Mixta de Compensación de la Manzana A de la Zona Comercial de la Avenida del Generalísimo

Las Fallas de Valencia. Uy, no.

Cuando Ramón Areces volvió de Cuba para fundar el Corte Inglés, el mundo aún era un lugar donde los tomates sabían a tomate, las manzanas olían a manzana, bajo las agujas de los tocadiscos crujían vinilos de Carlos Gardel y la gente agitaba a toda velocidad pañuelitos blancos en los fotogramas de los noticiarios documentales.

Aquel mundo, el de Ramón Areces, fundador de El Corte Inglés, era muy diferente al de Amancio Ortega fundador de Inditex. Entre otras cosas, porque en el mundo de Ramón Areces -aquel señor que traspasó una sastrería especializada en confección infantil situada entre las madrileñas calles Preciados, Carmen y Rompelanzas- la gente aún se remendaba las camisas y los pantalones.

Un surco de vinilo amplificado 1.000 veces (visto en el blog de Vilque).
O la distancia que separa al mundo de Ramón Areces del de Amancio Ortega.


Dice la prensa que las participaciones de Amancio Ortega -aquel señor que empezó vendiendo batines en la coruñesa calle Juan Flórez- en su propia empresa se han revalorizado en un solo día más de 600 millones de euros.

Ganar esa cantidad de dinero en sólo 24 horas es fácil si consigues convencer a 100 millones de consumidores de que es más barato comprarse una camisa y unos pantalones nuevos que remendarlos.

"Hombre, yo no me remiendo las camisas, pero tampoco me las compro en Massimo Dutti"

La transición entre aquel mundo (el de los grandes industriales y negociantes) y este mundo (el de los tiburones especuladores) no se produjo de la noche a la mañana, claro. Entre el Gran Gatsby y Gordon Gekko pasaron unas cuantas cositas. Pero en España toda la mandanga capitalista feroz se nos vino encima un poco de golpe, después de aquel lapsus temporal y emocional que fueron los años de autarquía pura y dura.

Como un monumento a aquella transición salvaje y repentina, que comenzó a finales de los años setenta, se erige entre las madrileñas calles Raimundo Fernández Villaverde, Orense, General Perón y el Paseo de la Castellana nuestro propio World Trade Center, el complejo Azca (acrónimo para Asociación Mixta de Compensación de la Manzana A de la Zona Comercial de la Avenida del Generalísimo).

Azca representa punto por punto todo eso que creíamos que cambiaría -al menos un poco- con la caída de las Torres Gemelas (primera tentativa). Y con la cumbre del G20 (segunda tentativa). Pero que no cambió.

Se siente, Sáenz de Oiza

En Azca hay un rascacielos que es obra del mismo señor que hizo las Twin Towers, otro que es del mismo que proyectó las Torres Blancas (esas que se parecen a las del disco de Wilco), 7,5 kilómetros de calles subterráneas en dos niveles, 15.000 plazas de aparcamiento bajo tierra, cientos de locales de copas que dan cobijo cada fin de semana a más de 30.000 personas. Y un Corte Inglés.

Monstruosamente grande (para recorrerlo hay que cambiar varias veces de edificios y caminar por pasadizos que hacen de Blade Runner un cuento de hadas). Monstruosamente absurdo.

Es El Corte Inglés de Castellana. En su puesto de variantes venden los mejores pepinillos del norte de la ciudad. Monstruosamente sabrosos.

Gracias, Señor Areces.

De Grao tenías que ser...

3 comentarios:

  1. Por lo menos este señor da becas a estudiantes de su pueblo no como Amancio que aún no sabemos que ha hecho por La Coru (neno).

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  2. Yo sólo te digo una cosita:

    "El Capital y el objeto muerto imperan por doquier. La información veraz se difumina en océanos de banalidad. El mal se acumula, el deseo se ahoga y la vida se pudre, y tú estás ahí contemplando la hecatombe con cara de gilipollas trasnochado"

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