lunes, 19 de octubre de 2009

Provincianos del mundo, uníos


El Milodón es un provinciano, aunque no entienda muy bien qué significa eso. Porque provinciano es un palabro que sólo tiene sentido en Madrid y que sólo es posible definir por oposición. Cuando el Milodón vivía en las provincias gallegas ocurría lo mismo con la palabra Madrid, que como una vez dijo el amigo Vilque, resuena en los pasillos de la Xunta como chivo expiatorio de todos los males: "Ese tema téñenolo paralizado en Madrid".

El Milodón nació en una cuenca minera y creció junto a una montaña de carbón en una pequeña ciudad -en tiempos llamada "del dólar", hoy "de la energía"- con su casino, su club de tenis, su economato, su casa de la cultura, sus multicines Lumiére, su Colegio Diocesano San Ignacio. En verano, las piscinas o el pantano eran el mar. Y en inverno, el mar era un sueño recurrente.

Si formáis parte de esa gran familia de españoles que un día se lanzaron a la red radial de carreteras para acabar viviendo cerca del kilómetro cero, el Milodón os recomienda muy vivamente una novela titulada Los Ilusos. El autor, Rafael Azcona, era de Logroño. Además de un provinciano muy simpático fue guionista de algunas de las mejores películas del cine español. No sólo las de Berlanga (El Pisito, El Verdugo, Plácido, la Escopeta Nacional...). La niña de tus ojos, La Vaquilla, ¡Ay, Carmela!, Belle Epoque o Los Girasoles Ciegos también fueron guiones suyos.

Los Ilusos es una novela que reescribió poco antes de morir, pero que data de 1958. Narra las andanzas de un pamplonica llamado Paco que llega a la capital con la aspiración de ser poeta y que pretende hacerse su camino hacia la gloria desde las mesas del café Coloma, un antrazo donde pronto le tendrán que fiar los cafés.

El Milodón se reconoció en algunos de los rasgos patéticos del pobre Paco: la fascinación por los grandes emblemas capitalinos (la Gran Vía, el Museo del Prado, la estatua de Cervantes), la compasión caritativa judeocrisitiana -y por lo tanto, un poco postiza- por los desheredados de las calles ("esto no pasaba en Pamplona"), la ambición ingenua y el ramalazo poético. Y le dio mucha vergüenza. Sólo al principio.

Porque cuando terminó el libro pensó: "Si Azcona sintió esto en el año 58, debe de ser normal ser un poco como Paco al llegar a Madrid, aunque sea cincuenta años después".

Gracias a Dios (pongo Dios con mayúsculas por la rémora judeocristiana), Azcona siempre dejaba un lugar para la ternura, que no la sensiblería.

Y es verdad que se reía de los provincianos con aspiraciones, de lo poético y de los poetas. Pero porque en el fondo, como muchos de nosotros, él también era uno.

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